Last.fm

Hola. Citando, cambiando alguna palabra, robándole a Pez: lo que hay acá son los relatos del momento en que todo cambió. El qué, el porqué, el cómo, todavía no se saben. Pase, lea, disfrute si quiere. La casa no se reserva el derecho de admisión, menos el de permanencia Esconder

162

+info-info


Publicado el Domingo 29 de abril del 2012 a las 10:11 pm por Matías
Categorías: Cuentos

Compartelo:


 

Para Giuli, porque  con amigas que hablan así,
el camino a algún libro no parece tan onírico

Rocío es más llovizna que rocío, y se seca las lágrimas con la bandana atada al cuello, y empuña los auriculares hacia el cielo y no grita, pero el micro igual se sacude por el desabrupto y la mira como si en serio la lluvia no fuera a parar nunca. Nunca, literalmente nunca, a esa hora no existe el sentido figurado.

Desde el fondo alguien con un morral que parece cartera piensa en preguntarle qué le pasa, en cambiar el mundo con cuentos cliché sobre el misterio del amor y el fin de la adolescencia, en apagar la radio del chofer que transmite insistentemente canciones de Pimpinela tratando de demostrar algo. No hay nada para demostrar a estas alturas, está todo demostrado, pero nadie cree en la teoría.

Los dos coincidirían en que no hay fórmulas mágicas para curar la indecisión, en que el equilibrio entre la madurez y la inmadurez es no saber perfectamente bien qué significa esa palabra, en que la lluvia va a parar en un rato y va a seguir después de la siesta a pesar de los pronósticos. “Los pronósticos no existen” quizás hasta dirían al mismo tiempo, riéndose e insultando porque ambos lo querían decir primero.

Pero ella se baja una parada antes, y él no le habla a las chicas de los micros. “Que tipo pelotudo, no le habla a las chicas de los micros” piensa ella ya en la calle con el paraguas abierto , mientras ve su cabeza apoyada en la ventanilla, escuchando un tema con más lluvia que la de afuera. El micro arranca.

Comentar rápido! (sin salir de esta página)




En la última hora

+info-info


Publicado el Jueves 29 de marzo del 2012 a las 11:19 pm por Matías
Categorías: Cuentos

Compartelo:


 

Le prometió a la vieja que no iba a regresar más a casa borracho. Salió de los arbustos y dijo que nunca iba a volver a coger en el parque, que la tierra le dejaba las piernas a la miseria. Apagó el último porro en una baldosa trizada y se convenció de que dejar las drogas por un tiempo le iba a hacer bien. Dejó a su novia después de 4 años y prometió no volver al mismo error. Una vez, y otra vez. Y una más. Quemó un par de libros, quebró algunos cds, destrozó la cinta de unos cassettes, todo para darle más bola a la facultad. Amenazó con dejar el grupo si el cantante no dejaba su ego atrás de algún amplificador, si el guitarrista no se ponía las pilas, si el bajista no aprendía a tocar el bajo. Dijo que si el jefe lo trataba así de nuevo, renunciaba y se iba a vivir a El Bolsón a vender pulseras de hilo encerado.

Siempre fue preso de sus palabras, fugitivo de sus acciones. Su epitafio rezó en una elegante Helvética 72: “Cumplí la condena”.

Comentar rápido! (sin salir de esta página)




Tango

+info-info


Publicado el Domingo 11 de marzo del 2012 a las 1:57 pm por Matías
Categorías: Uncategorized

Compartelo:


 

Quizás ella se despertó una mañana y sintió que era un acordeón, que nadie más que él había logrado sacarle una melodía al tocarla. Que la nostalgia, la alegría, la confusión, era todo parte de una misma canción, de un acorde con infinito sustain.

Quizás él se dio cuenta que era ciego, y que ella era su lazarillo descarriado que lo llevaba por las sombras. Siempre a tientas, tratando de esquivar los pozos. Al menos había un sendero por el cual caminar, mientras no lo pisara.

Quizás el relator también olvidó las preguntas cuando los encontró en un tango, bailando como si supieran.

Comentar rápido! (sin salir de esta página)




Mas nada es mejor

+info-info


Publicado el Jueves 8 de marzo del 2012 a las 4:11 pm por Matías
Categorías: Cuentos

Compartelo:


 

Válido hasta el diecisiete de julio promoción sin obligación de compra ahora que estás leyendo esto como si fueras el locutor del final de una publicidad seguí así leé todo rápido sin comas como si fuera lo último que hicieras como si no hubiera nada más importante como si los deseos se pudieran cumplir apagando el fuego de velas impares cada un par de años y pensá que en la voz monótona estás mostrando regalando toda tu seriedad pegándote la rutina en la piel y las bases y condiciones dicen que podés participar de tu vida pero con varias contradicciones legales que sólo la hacen más tediosa y que el precio de lo que te quieren vender hoy es uno por dos como esas pesadillas que tenés de noche donde los monstruos son tu mujer y tus hijos no están para salvarte y pará respirá y date cuenta que por suerte no sos locutor no estás en una publicidad no podrías hablar tan rápido y todo es mejor si lo pensás de esa manera.

¿Y? ¿no te funcionó? ¿seguís igual, ni una leve mejoría?. Y bueno, lo lamento Hugo, yo igual me cagué de risa viéndote leer así una servilleta. La verdad, yo sí me siento mejor. Mozo, la cuenta por favor. Invito yo hoy, ¿sabés?.

Comentar rápido! (sin salir de esta página)




De mala muerte

+info-info


Publicado el Domingo 26 de febrero del 2012 a las 10:36 pm por Matías
Categorías: Cuentos

Compartelo:


 

Entro al baño. Me miro al espejo, veinte segundos son demasiados. Sobra la barba de rutina. Tengo un poco de sangre todavía debajo de la oreja derecha. Abro la canilla, no importa cuál. Es un bar, cualquiera que abra va a ser la fría. Me agacho, cierro los ojos, me mojo la cara. No me puedo levantar, necesito que el agua siga corriendo.

Sé que solamente cuando levante la cara, al ver a alguien detrás de mí, podré entender si definitivamente esto es una película de terror. De lo contrario, lo siento Eleonor. Nada de esto estaba en el guión.

Comentar rápido! (sin salir de esta página)




Clap

+info-info


Publicado el Martes 7 de febrero del 2012 a las 9:18 pm por Matías
Categorías: Cuentos

Compartelo:


 

Le pasó por primera vez a los 6 en un acto escolar, posiblemente un 9 de julio porque después comió locro y de eso sí se acordaba perfecto al relatarlo. La directora, a lo largo de las palabras alusivas imprendiscibles en un acontecimiento de ese tipo, recibió aplausos siete veces, contadas. Él en ningún momento supo que tenía que hacerlo, la inercia simplemente lo llevó -no sin un cierto delay- a imitar al resto del público. En ese preciso instante, con las láminas de los próceres observándolo fijamente, se dio cuenta de que no sabía cuándo aplaudir, que los gestos, las palabras que llevaban a un aplauso, a él no lo conducían a ningún lado. Y que Laprida tenía nombre de calle, no de prócer.

Durante la primaria y gran parte de la secundaria no tuvo mayores problemas: el que empezaba a aplaudir tarde siempre era visto como un rebelde por los mismos compañeros, lo que engrandecía su status y hasta hizo que Florencia, la colorada de rulitos, le diera un beso en la mejilla en cuarto grado, jugando a la Naranja china.

Cuando empezó la facultad las cosas se pusieron heavy, y el ultimátum le llegó cuando en un curso, sentado en primera fila, recibió una mirada ácida e inolvidable del jefe de cátedra. Del jefe de cátedra de la materia más difícil que cursaba ese primer año. Y todo por no aplaudirlo en el momento exacto, luego de un brillante -e inentendible- discurso y sermón a medias. Esas miradas, como lo saben perfectamente los que las han recibido, suelen ser contratos de 4 años en los que se especifica que el alumno por más esfuerzo que haga, no aprobará la materia.

Luego de ese terrible incidente, casi se cambió a una carrera un poco menos complicada. Repartidor de sodas pensó, pero su cerebro reaccionó y desechó la idea. No llegarían nunca a destino. El próximo paso fue divagar por decenas de médicos, psicólogos, acupunturistas y hasta una mujer barbuda que trabajaba en el circo y prometía curar lo incurable a cambio de monedas para la máquina de dulces.

Nada funcionó, y el problema se hizo más grave. Ahora no sólo no sabía en qué momento aplaudir, si no que también había perdido su habilidad para hacerlo. Juntaba las manos y producía un sonido hueco, semejante al de una rana silbando la 5ta sinfonía de Beethoven o un volcán yugoslavo en erupción, pero nunca el de un aplauso. En los boliches las chicas se le alejaban (o le otorgaban otra de esas miradas que nadie quiere recibir) porque cuando las canciones pedían palmas sus manos perdían la dirección. Ni hablar de los recitales de folklore de su cuñado, de donde salía siempre ojeado por no poder marcar el ritmo y provocar la caída de todos los zapateadores.

Los treintas fueron muy duros, llegando incluso a la absurda idea de cortarse las manos y parar el sufrimiento. No la logró ejecutar porque el amor llegó justo a tiempo, en forma de una chica sorda a la que le gustaba practicar remo y los daikiris de frutilla, pero nunca en su vida había escuchado un “clap clap” resonar en sus oídos.

Murió una noche de julio, en el pre-estreno de un documental sobre su vida, de un infarto que lo dejó tieso apenas se proyectaron las primeras imágenes. Nadie lo notó. Cuando la pantalla fundió en negro y se apagaron las luces, todo el cine se paró y realizó el aplauso más mudo que alguien ha oído.

Comentar rápido! (sin salir de esta página)




Rss

RSS2

O poné tu mail y recibí los posts ahí: