Antes de entrar se quedó viendo un rato la vidriera. Ya la había visto un par de día antes, pero no podía no quedarse ante esos vidrios viendo como su música iba quedando en un rincón, dándole lugar a esos discos que sonarían todo el verano. “Es la música que está de moda, amargo” le decían sus amigas. Quizás por eso odiaba tanto las modas.

Después de un buen rato de insultar (por dentro) a las discográficas porque el afiche del último de Daddy Yankee era más grande que el de Metallica, entró y cerró la puerta suavemente, no confiaba en las que se cierran solas.

Cuando dejó de rascarse el derecho y se sacó el flequillo del izquierdo la vio. Y ella a él. Se miraron un par de segundos, pero de esos segundos que pasan lentamente, como en las películas .

Él, sin poder caminar, sin saber qué hacer, sin poder emitir siquiera una sonrisa, pensando que había encontrado a la chica más linda de esa fea (y no demasiado grande) ciudad. Ella, vaya a saber qué, en esta historia el relator no es omnisciente.

Sin mostrarse más nervioso e inseguro que de costumbre, se dirigió al mostrador mientras ella daba vuelta la cara y le contestaba al vendedor que no quería nada más. Mientras esperaba su turno, la inspeccionó con la mirada.

Mentalmente hizo una lista, para después describirla en algún blog de mala muerte:

  • Rubia (natural, tirando a castaño).
  • Ojos grandes, llenos de expresión (nunca entendió eso, pero quedaba bien).
  • Ropa sin colores flúor, jeans viejos, una pulsera chica en la mano derecha, gracias a Dios no era una víctima de la moda.
  • Cabeza inclinada hacia la izquierda, cuerpo inclinado a la derecha, tratando de formar una figura que él luego encontraría en alguna nube.

Mientras el vendedor terminaba de envolver loqueseaqueellahubieracomprado, le preguntó a él qué necesitaba. Estuvo a punto de usar toda su cursilería y responder “a ella, sólo eso me hace falta. Y envuelvamela para regalo”, pero se contuvo y logró decir, con apenas un hilo de voz, “púas”.

Ella lo miró, nuevamente sin decir nada con la mirada, y dio vuelta la cara antes que él se diera cuenta. Mientras le acercaban la caja y antes de decirle “las de esta fila $1, las demás $2″, reparó en lo que ella había comprado. Ya estaba envuelto y parecía para regalo. Esta vez insultó a la vidriera por no haberlo dejado entrar antes.

Se puso a ver las púas, tocó un par, dobló otras exagerando un poco, como para que se notara que sabía de eso. Esperó un poco, calculando el tiempo, para que los dos tuvieran que salir al mismo tiempo. Mientras le cobraban, ella dijo “chau” y él se apuró, aunque sin resultados. Ella se quedó contando el vuelto, a él no le quedó otra que salir y caminar rápido, sin mirar atrás.

Mientras caminaba, hizo lo que hacía siempre que conocía una chica linda. Pensó en todas las oportunidades que había tenido para hablarle y decirle cualquier cosa, con tal de que ella emitiera una sonrisa, le pegara una cachetada, algo. Lo de “nylon reciclado, ya no saben con qué hacer las púas, no?” le pareció demasiado pelotudo, así que dejó de pensar, llegó a su casa y se tiró en la cama.

“Ya fue… seguro se había llevado el último de Daddy Yankee” fue lo último que dijo, tratando de consolarse, antes de que el ventilador de techo se le cayera encima y lo aplastara, dejando otra víctima del amor y un relato cursi más en la blogósfera.

(Canción que no tiene nada que ver con la historia, sólo el título :P )