En casa todos lo sabíamos. Nosotros éramos chicos, a veces mamá nos hablaba sobre eso y nos hacíamos los desentendidos, los que nunca nos habíamos dado cuenta. Pero nos dábamos cuenta.

Cada vez que la abuela la usaba, se le transformaba la cara. Se veía más joven, con más energía, a veces, hasta pasada de revoluciones. Ella decía que se sentía bien, que eso la hacía sentirse mejor. Pero sabíamos que la estaba destruyendo de a poco, que cada día la necesitaba más.

A veces después de usarla, la veíamos tocarse la nariz a cada rato. ¿Se acuerdan del señor Cara de papa, el personaje de Toy Story? La abuela parecía tener la nariz de él, tratando de acomodársela para que le quedara bien. Cuando le preguntábamos, ella respondía “es el olor, el olor de… los pimientos que puse a cocinar; me irritan. “¿Quieren un chocolate mis monitos?” y con eso conseguía distraernos unas horas. Pero nos dábamos cuenta.

Un tiempo la dejó, o eso creímos. Yo tenía mis sospechas. Mi hermano directamente no le daba bola. Mientras tuviera esos juguetes de plástico mal hechos que venían en sus yogurts de marca extranjera, él era feliz y nada más era digno de su atención. Uno a los 6 años es feliz con tan poco.

Mamá después nos contó que la abuela estaba empezando a usar una dosis menor. Después de mucho hablarle y llenarle la cabeza, la habían convencido para que fuera a un especialista. Él le recomendó empezar a dejarla de esa forma, y después de un tiempo de pensarlo, había aceptado.

A pesar de que todos estábamos contentos porque en algún momento u otro la iba a dejar, a ella se la veía mal. Físicamente, sobre todo. Iba perdiendo la fuerza de a poco, ya no se levantaba a las 7 de la mañana para limpiar de arriba a abajo esa casa de 3 pisos que nunca había estado sucia -ni siquiera los 5 cuartos del último piso, que ya casi no se usaban-, ya no salía a caminar con sus otras amigas adictas/maestras jubiladas/abuelas de otros niños que no éramos nosotros. Ya la había dejado.

Ella, sin embargo, decía que estaba bien. Y nos ofrecía más chocolates. Y más juguetes que venían en yogurts importados que seguro habían perdido la cadena del frío en los largos viajes transoceánicos. Y más cds a mí, que ya estaba entrando en la preadolescencia y empezaba a escuchar más música. Pero nos dábamos cuenta. La vieja ya no era la misma sin eso.

El día que me fui a bañar y vi, al lado de las esponjas, el cepillo para la espalda y las sales aromáticas, ese frasquito blanco, supe que la abuela había vuelto a su viejo mal hábito. Siempre habíamos sabido que la escondía en el baño, en ese frasquito de aspecto inocente, sin etiqueta. Mamá cada vez que lo veía al lado de la bañadera, se encerraba en la pieza con la abuela y la escuchábamos gritar.

Pese a que no la recomiendo y sé que es algo que hace muy mal, a la abuela se la vio muy contenta en sus últimos días. Otra vez rebosaba de energía, nos acompañaba a la escuela (comprándonos chocolate en el camino, obvio, a pesar de que mi hermano y yo ya éramos adolescentes), a veces hasta se prendía a cantar conmigo mientras yo tocaba en una criolla canciones propias que, en mis delilirios de grandeza juveniles, comparaba con las acústicas de Alice in Chains o Nirvana o alguno de esos grupos que sufrían, sufrían y sufrían.

Escuchando esas canciones, una vez tuvimos la única charla sobre la innombrable. Ella me dijo que si quería llegar a ser como mis artistas favoritos, la podía usar. Que ellos la usaban, y todos lo sabíamos. Que se les notaba. Que todo es una cuestión de apariencias.

La miré con cara de culo, moví la cabeza para los costados y ella se largó a llorar. Me dijo que la perdonara, que nunca hiciera eso. Que me iba a arruinar la vida. que lo importante era la música. Que a ella nunca le había hecho bien. Pero nos dábamos cuenta. Atrás de todo ese sufrimiento, a ella le había hecho siempre bien (sin contar las complicaciones que le había agregado a su cáncer, obviamente).

Le quedaba poco tiempo en ese entonces. Hasta que una madrugada de primavera, poco antes de mi cumpleaños, todo se terminó. Entre sollozos, hubo reunión familiar y decidimos que merecía una última dosis, aunque ya no estuviera viva.

Hablamos con los de la funeraria y no tuvieron problema en hacerlo ellos; nos dijeron que era algo muy común. Así que esa mañana, les llevé el frasquito y le pusieron la tintura, esa que había estado tantos años en su cabeza y se había convertido en una obsesión.

La abuela se murió un poco joven quizás, sufriendo bastante, disfrutando poco. Pero nunca, nunca, le vimos una cana.