Hasta ayer, cada viaje a la verdulería, que queda a tan sólo 5 cuadras de mi casa, era una expedición en busca de la chica perfecta, ese tesoro tan preciado que pocos encuentran.
Me imaginaba llegando, esperando que me atiendan con cara de orto porque la anciana se colaba sin pedir permiso y yo como siempre, no me animaba a hacer nada; porque el rubiecito de la vuelta no paraba de pedirle a la madre “naranfa mamá naranfa llevemor” (tiene 7 años y todavía habla mal, pero de pelotudo y malcriado que es nomás, no por algún problema o enfermedad);  porque el que atendía tenía menos ganas de laburar que, no sé, De la Rúa; porque en la radio pasaban Grisin y Yandel, etc.

Entonces, me daba vuelta y la veía, pero posaba mis ojos en su cara, si no en su remera. Una remera negra, gastada de tanto uso, pero que no había perdido lo más importante: la imagen de alguna banda. Pero no de cualquiera, alguna a la que yo amara. Alice in Chains, supongamos. Una remera no tan fácil de conseguir. Mi cara se transformaba en cara de orto a cara de estupefacto que no entiende cómo en ese barrio de mierda con calles de tierra alguien podía llevar una remera así. Y menos una chica.

Entonces levantaba la vista y la veía. Y pensaba que no la iba a poder describir nunca, porque era hermosa, pero de una hermosura rara, como… como… ¿vieron? No la puedo describir, y eso que sólo me la imagino. Pero sigamos.

Mi mente trabajaba y trabajaba pensando cómo podía entablar una conversación, ya que no soy muy caradura y la voz en esos momentos suele salirme como cuando abrís la canilla y sólo sale aire. Luego de pensar un par de minutos, cuando ya había terminado de comprar y a ella le estaban dando el vuelto, se me ocurría. Y me ponía a cantar algún tema de Alice in Chains que no sea muy raro, pero que tampoco sea el más conocido. De esa manera, si a ella le gustaba mi banda preferida, la seguiría, o al menos sonreiría, y podría comprobar que esa remera no era del padre ni del hermano ni del novio ni.

Entonces, empezaba a cantar con mi mejor voz (que no era -ni es- muy buena) y ella me veía, me mostraba la sonrisa más hermosa y de su boca empezaba a fluir la voz más hermosa que hubiera escuchado. Entonces, nos íbamos caminando, hablando, cantando y empezaba una historia más larga que ese solo fragmento que había pasado en 5 minutos, en una verdulería de mala muerte.

Pero hoy, cuando fui a la verdulería, tuve por última vez esa fantasía, sueño o lo que sea. Y no, antes de que se alegren por mí y digan “no, es imposhiible, qué copado que te pase eso”, no encontré a esa chica.

A la vuelta, después de mi expedición frustrada, sentado en la vereda, vi venir a un amigo, la persona más similar a un simio que he visto en mi vida (y que encima es fanático de La Banda XXI, La Banda al rojo vivo y demás bandas que hacen aberraciones con instrumentos musiclaes) con una remera de Alice in Chains. Al preguntarle qué hacía con eso, me dijo que la había visto en Ozio y le había gustado. Que no tenía la más puta idea quiénes eran esos “estadounidendes o ingleses o lo que sea putos”.

Desde mañana, los viajes a la verdulería van a ser unas cien veces más aburridos.