La miré a los ojos, siempre tan lejanos, y le dije:

“Sos muy larga para mí. Sos como la edición especial de La vuelta al mundo en 80 días que nunca termine de leer. Yo siempre fui un tipo de comunes novelas de detectives, donde desde el principio te das cuenta quién es el asesino.

Me costaría mucho poder descifrarte, llegar hasta tus últimas hojas. A mí me interesó la portada y el prólogo me enganchó, pero últimamente siento que, aunque quiera, no voy a poder terminarte”.

Ella agacho la cabeza, pensó unos segundos y me preguntó con un tono que demostraba cierta molestia: “¿Vos me estás queriendo decir que soy muy alta para vos?”. Hubiera seguido con mis metáforas, pero el tono de su voz me tocó el corazón de algún modo y emití mi más sincero “sí”.

Me dijo “metete tus analogías en el culo, pelotudo” y se fue. Se fue corriendo con la cabeza gacha, quizás para sentirse un poco menos alta por un rato. O quizás porque ese día sentía las ramas de los árboles más cerca que de costumbre, y golpearse con ellas habría sido, irónicamente, un golpe bajo.