Tomo todos mis sueños como premoniciones. No siempre literalmente, si no como metáforas de lo que puede llegar a pasar.  Sé que si lo he soñado es por algo. Por ejemplo, la vez que soñé que era un náufrago y pasaba horas enteras en el agua nadando, recibí como regalo la cuarta temporada de Lost al día siguiente. O aquella noche donde en mi sueño mi novia me decía “tenemos que hablar”. Cuando la vi me dejó, obviamente.

He soñado con peines, vacas, submarinos, calaveras fosforecentes, competiciones de patín sobre hielo, cajas vacías, dados esféricos, helados de pistacho y frutilla y hasta con Bruno Díaz pidiéndome que lo acepte en Facebook, y a todo le he encontrado una explicación, un por qué, un “ah, ya entiendo, es porque seguro me va a pasar esto”.

Sin embargo, lo de hace un rato no tiene explicación posible. En mi sueño, estaba sentado en una silla de mimbre en un desierto, pero de pronto empezaba a llover y el cielo se volvía medio amarillo y medio marrón. Entonces se aparecía un camello que me empezaba a hablar y me preguntaba dónde estaba la parada del 160. Como todo me empezaba a dar miedo, cerraba los ojos y al abrirlos veía todo como si tuviera mi ojo en la mirilla de un caleidoscopio. Al rato todo se iba y sentía que la gente me miraba, y cuando sentía que alguien se acercaba por la playa, me despertaba.

Estuve pensando, pero nada se me ocurrió. Llegué a la conclusión de que voy a tener que encontrarle el sentido a esto rápido, porque de otra manera perdería lo que le da sentido a mi vida, y lo único que me quedaría es refugiarme en las drogas.

Aaaaah!

*El título se debe a una canción de cuna(?) de Massacre