Un cielo azul, sin estrellas, aburrido. La copa de un árbol que el viento apenas roza. El farol de la calle de atrás. Unos cables que probablemente conducen la electricidad que usa la lámpara que me ilumina al escribir esto.
Veo eso por la ventana y trato de encontrarle algo de poesía, ¿pero cómo encontrar la poesía si en este momento ella, que es mi cielo, mi viento, mi farol, mi cable a tierra, mi musa más maldita, no está?.
Ahora entiendo lo que quiere. Ahora entiendo por qué no la entiendo, por qué a veces -por qué hoy- se va a mitad de la noche sin siquiera un beso en la frente, dejándome  con un vacío ahí, justo ahí,  y mirando la ventana, recordando algún beso que nunca le di, unas palabras que tanto nos hirieron, esa canción que siempre quisimos cantarnos al oído.
Quiere -mientras revisa al otro día lo que escribo- encontrarse con algo como esto; enterarse que, aunque no se lo diga, es mi cielo, mi viento, mi farol, mi cable a tierra.
Y sentirse, finalmente, la musa más maldita.

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