La hoja sigue igual que hace varias semanas: en blanco. Nada de un tímido comienzo, nada de palabras tachadas, nada de nada. Sólo un blanco que no se convierte en amarillo porque cambio la hoja todos los días, deseando que cada una venga con una historia nueva (una más de mis cábalas que no sirven pero sigo repitiendo por costumbre, por inercia).

Papá me escucha decir “bloqueo y la re puta que lo parió” mientras golpeo la máquina de escribir con las dos manos al mismo tiempo. Sin quitar los ojos del monitor ni las manos del teclado, me dice: “En mis 70 años nunca  tuve uno de esos bloqueos de escritor. No existen. Si no podés escribir nada, no merecés ser llamado escritor  ni tener una máquina de esas frente a vos, que es sólo para los escritores y los burócratas de mierda que trabajan para el gobierno”.

Agacho la cabeza, me agarro la frente con la mano izquierda y bostezo, mientras veo las baldosas: blancas también. Le digo que no me joda, que no le creo y que prefiero tener la hoja en blanco a escribir algo que no valga la pena leer.

Sin abandonar su clásica posición de supuesto escritor de renombre terminando una master piece me mira de reojo, suspira, mueve la cabeza para los costados con los ojos cerrados y dice: “Tenés razón, yo tendría que haber hecho lo mismo: pensar antes de hacer algo que no vale la pena como vos”.

Veinte segundos más tarde ya no mirá más el monitor, ya abandonó su posición, ya no respira. Ahora está tirado en el piso, con una de las  esquinas de la máquina de escribir  incrustadas en su estómago.

La hoja ya no está en blanco: manchas rojas la adornan. Algo es algo.