Me vas a hacer feliz, vas a matarme con tu forma de ser” canto despacito, desafino y sufro, mientras ella clava sus uñas en mi espalda, en mis brazos, en mis dedos. Eso que estábamos tomando ya se terminó, las burbujas en nuestras lenguas desaparecieron, por la ventana ya no entra luz. Ahora sólo queda su sonrisa malévola diciéndome sin decir que no pero que sí, que quiere un beso pero que nuestras bocas no se tienen que tocar, que ya hemos estado tan cerca y tan lejos que no sabe diferenciar su perfume del mío, que me quiere, que no.

Cuando nos cansamos de este juego de histeria para dos, nos sentamos bien distanciados, casi sin mirarnos  y empezamos a leer las reglas.  Según nuestro manual de comportamiento cuasi adolescente, el que cede primero, pierde.

Lo que no nos damos cuenta es que en definitiva, no importa el órden, ni el tiempo: en esta noche, los dos vamos a terminar ganando. ¿O perdiendo?

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