La cosa es así: escribo para poder tratar de ganar. Pierdo para poder tratar de escribir. En mis escritos el protagonista (al igual que el autor) nunca va a ser un ganador, un integrante del jet-set y/o un actor de telenovelas cansado de la fama. De última, podría llegar a ser alguien deseando ser ellos, lo que es más patético (pero también más real).

Por eso, al darse esta coincidencia, la gente cree que también se da otra: esa de que al igual que en mis cuentos, mi vida está plagada de muertes y asesinatos, o que directamente, yo soy un asesino. La cosa no es así: escribo como catársis, para no matar a alguien en la vida real (cada uno tiene su forma de contenerse, escribir es la mía) (y si me dicen que nunca quieren matar a alguien, no les voy a creer).

¿Quién te dice que no hay alguien allá arriba -o no, arriba no, abajo es más factible- que al igual que yo, está escribiendo sobre un perdedor que se muere en alguna ridícula circunstancia?

Si en algún momento desaparezco ya saben: ese, se dio cuenta que yo sabía algo que no tenía que saber. Ni escribir.