En Río de la Cruz una mañana aparece un clavicordio. Así, de la nada,  debajo de un puente. Es uno de cola, de esos que parecen un piano viejo. Marrón es el clavicordio. Nadie sabe cómo llegó ahí, pero tampoco nadie se anima a sacarlo.

Los días pasan y el clavicordio se transforma en una especie de atracción para los lugareños, que se sientan en las orillas del río a ver el instrumento milagroso. Un vecino importante del lugar propone sacarlo de su estado vegetativo y llevarlo a la iglesia, donde alguien podría aprender a tocarlo y hacer más “entretenidas” las misas. Pero aún los más creyentes se oponen: el clavicordio ha generado una nueva especie de religión.

Algunos periódicos se hacen eco del suceso y empieza a llegar gente de pueblos cercanos a admirar el fenómeno. Un fenómeno quieto, que no hace nada, que no cambia significativamente en nada a nadie. Como cualquier otra religión, casi.

Un día un adolescente revoltoso y solitario, de los pocos que hay por ahí con ese perfil, se propone cambiar el clavicordio de lugar, esconderlo. Un martes a la madrugada sale de su casa sin hacer ruido y se dirige hacia el puente. Con guantes y naylon cubriendo las zapatillas para no dejar rastros, lo trata de levantar, de mover un poco, pero no puede. El barro está seco y las patas se encuentran atrapadas.

Por curioso, por hacer lo que no hizo nadie aún sin querer, levanta la tapa, distraído. Adentro hay un esqueleto humano, con restos de carne pero ni rastros de las cuerdas.

Al día siguiente, en Río de la Cruz falta un clavicordio debajo de un puente y un adolescente revoltoso y solitario. Al mismo tiempo, en Santa Armonía aparece un clavicordio debajo de un puente. Esta vez, con dos esqueletos humanos dentro.

¿El primer milagro ha ocurrido?