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Y si todavía tengo más para decir, que el bozal sea de papel

Lleno de angustias mi aburrimiento. Me levanto con el pie derecho para aterrizar en la mala suerte de los que no creemos en supersticiones.  Despliego mis alas sólo para descubrir que no tengo alas, y que la sangre del mosquito en la pared blanca ex-inmaculada todavía no se borra. Cambio de canal, subo el volumen, ajusto el contraste, me meto en el infinito espejo de una cámara filmando a un hombre viendo televisión siendo filmado por una cámara conectada al televisor. Abro una lata de frijoles y me pregunto “¿En serio? ¿Frijoles?”. Saco fotos para el anuario de mi conciencia. Abro un archivo en blanco y dejo que las manos separadas del cerebro hagan el trabajo. Pongo el cd más rayado que tengo para que mis orejas se inspiren y hagan ruido.  Caigo en errores de gramática sin salvavidas. Soy autoreferente para no olvidarme que escribo ficción pero que soy yo el que escribe. Uso paréntesis porque no quiero que quede nada sin aclarar. Le pongo pausa a mi vida de vez en cuando pero es difícil ver la imagen sin lluvia. No corro para no despertar sospechas. No duermo para no confirmarlas. Espío a la gente que viaja en micros de larga distancia al amanecer. Hago soundtracks en mi cabeza de esos viajes. Corto la cinta de inauguración de mi cabeza, donde no hay moño ni alfombra roja. Perdón señores espectadores, no hay mucho que ver. Me admiro por ser tan ignorante en todo, y pienso que en esa ignorancia quizás se encuentran todas las cosas maravillosas que nunca veré. Repito la misma tarareada en las mismas situaciones, y hago air drum con mis piernas. Me sensibilizo ante la soportable tarea de ser yo mismo. Usualmente  me quejo más de lo que debería, de vez en cuando vivo menos de lo que podría. Sé quién soy y adónde me gustaría ir. No sé cómo hacerlo generalmente. Soy autodestructivo frente al espejo. Destruyo razones disparando argumentos, para después levantar ladrillos quemados del suelo. Odio los finales abi

La hora es:

El reloj dice que son las 23. Dice, literalmente, porque es un reloj que “habla”. Carlos no entiende cómo la tecnología puede hacer eso, pero tampoco le importa demasiado, siempre que ande bien y le recuerde la hora del fútbol. De fondo suena una canción de los ’80 que le hace recordar a los bailes donde conoció a su esposa, a esa misma que unas horas atrás, cuando el reloj decía “la hora es: 8 horas, 32 minutos” estaba dejando la casa, llevándose las valijas, los libros y la poca alegría que le quedaba . Pensándolo bien, demasiadas cosas se habían ido junto con ella. El hijo que nunca tuvieron, su juventud, los gastos compartidos, las peleas, el sexo después de las peleas, el sexo. Ahora sólo es un hombre con un reloj que dice la hora y más años encima de los que su documento acusa.
Esta noche termina el año. Cuando llegue el momento en que las dos agujas se encuentren ahí arriba, un año se habrá ido junto con todo lo que se fue unas pocas horas antes. La canción que escuchó hace sólo un rato sigue molestando en su cabeza, tratando de llevarlo a tiempos mejores, pero él no se deja. Le gusta un poco esa sensación de que todo está perdido, de que es el único Mizzoli en Tucumán en año nuevo y lo va a tener que pasar solo, de poder odiar a su ahora ex mujer.
El reloj vuelve a avisar la hora, ya son las 23.30. Pero esta vez, siente que la voz cambió un poco. Aprieta el botón para repetir la hora y siente esa especie de desafinación de nuevo. Busca pilas nuevas, se las cambia y vuelve a escuchar: pasa lo mismo. Cada vez que aprieta el botón, la voz se va transformando de a poco.
Cuando ya son las 23.45, no necesita ningún reloj para darse cuenta que es demasiado tarde: la voz en la que se ha transformado el reloj es la de Mónica, su ex.
Quince minutos después toma una cerveza fría en el balcón con una sonrisa cubriéndole la cara y no necesita nadie que le diga que ya es año nuevo. El ruido y la belleza de la pirotecnia autorizada le van a avisar.
Mientras tanto, en el árbol de algún vecino se ve una escena bastante surreal: de un árbol cuelga, partido en dos, un reloj. No se sabe si es por respeto a Dalí o por culpa de Carlos, pero cuando llegan las 12, el reloj no emite ningún sonido.
“Ya era hora”, piensa él y descorcha el último champagne.