Phantom power
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El muerto, cual película muda y en blanco negro, se levanta del suelo en cámara lenta y pide un whisky on the rocks. Quemarse la garganta plastificada es lo único que lo hace sentirse vivo desde hace un tiempo; desde que, justamente, perdió la vida.
Súbitamente la imagen de un fantasma entrando por la puerta de atrás le llega a su cabeza, y pese a saber que alas no le faltan para echarse a volar en cualquier momento, siente un frío en la espalda que contrasta con esa preparación ardiendo desde el instante en que el vaso se inclina sobre su boca.
Su cuello todavía puede sentir las manos suaves exprimiéndolo, la vida corriendo agitada hacia la salida y llegando en tiempo récord a la meta. No sabe si es el whisky que está haciendo efecto (si es que), pero en el vaso húmedo puede ver claramente cómo el espectro que entra por la puerta es la misma persona que lo mató.
Sin darse vuelta ni alarmarse, se termina lo que queda en el vaso y cerrando los ojos mira al cielo. En su cara hay una sonrisa de satisfacción un poco desviada a la izquierda, y un suspiro se le escapa al borde de convertirse en un gemido.
“Este no es lugar para dos fantasmas” cree escuchar, o decir. Y las manos en su cuello, esta vez, no hacen nada.















