Lautaro se llama. Todas las noches de verano pega sobre la medianera un pedazo de vidrio deforme de una botella rota, para, según dice,  proteger la casa de los ladrones. Cada noche uno nuevo, no sin antes tomar todo el contenido del recipiente, obviamente. Cuando todos los fragmentos están pegados correctamente y dan la apariencia de terreno peligroso para entrar, las lágrimas y el alcohol barato destraban su lengua y lo hacen confesar.

Dice -con su voz ronca retumbando desde el fondo de su garganta- que desde su habitación, desde la cama donde duerme, puede ver al acostarse los vidrios brillar, gracias a la luz de la otra cuadra. El brillo que le falta cada día cuando se despierta y ella no está al lado. El brillo del rocío sobre las flores de la tumba cada 22 de enero a la madrugada, en Santa Jimena. El brillo de sus(un “sus” exclusivamente femenino) ojos persiguiéndolo en cada sueño, apuñándolo de frente, pidiendo una explicación de por qué la partida tan temprana, de por qué un adiós tan inexistente.

Cuando todos se van, después de la palmadita en la espalda, el “viejo, yo te banco, sabés que estoy para lo que necesités” y la puerta que no cierra bien, las lágrimas cesan y ya no hay nadie para hablar. Entonces agarra el ovillo y de a poco sigue construyendo la soga, su último y único propósito, lo único que puede hacer con ese brillo resplandeciendo desde el otro lado de la ventana.

Si algún día volvés de Santa Jimena por la ruta 47 y ves un ataúd con rueditas tirado por un loco en bicicleta gracias a una soga roja, decile que le mando saludos. Lautaro se llama. Buen tipo.