AlPoderoso

Archivo de diciembre del 2011

Laburo de nenas

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Publicado el Miércoles 21 de diciembre del 2011 a las 12:40 am por Matías
Categorías: Cuentos

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Afuera hay una tropa de taxis esperándome. Saben lo que hice, preparan sus antorchas y sus cuchillos afilados para ponerle fin a su problema, para ponerme fin a mí, es lo mismo en este caso.

Por la hora que veo en el reloj con leds rojos (herencia del abuelo, maravilla de la industria argentina, años 70) supongo que en 20 minutos el Sol saldrá. Cuando amanezca no podré ocultarme más tras estas cortinas blancas que deforman mi figura y les hace creer que por ahora, sólo por ahora, soy un freezer, una cómoda antigua o algún artefacto inmóvil.

No soporto más mi letargo, me arrastro hasta el baño. Prendo un fósforo y me veo en el espejo. Hago morisquetas, levanto la parte derecha del labio superior con la mano en el aire como si fuera una precaria marioneta. Tengo 8 años de nuevo, un chaleco amarillo puesto, María me mira sonriente y me cuenta que cuando sea grande va a ser presentadora de circo, porque no puede ser que no haya ninguna presentadora de circo mujer, que sólo vio una vieja una vez en Chivilcoy y ya no podía ni hablar. Se corta la luz y llora, mamá y su nariz roja de payaso nos viene a buscar, entiendo todo.

Se escuchan bocinas, la búsqueda del generador del caos genera más caos todavía, pero tiros todavía no hay. Cierro la tapa, me siento en el inodoro, veo de nuevo el mensaje del sindicato: “te dijimos q era un laburo de nenas, no de gordo maricon. arregla todo o te fajamos”. Me tiran los puntos en la espalda, justo esta semana me tenían que sacar el puto lunar. Más vale que salga maligno, que si no voy a encargarme de que la doctora tenga que andar en patines una semana.

Entra humo por la banderola. Prendo un fósforo más para empezar el primer cigarrillo del segundo paquete, las manos siguen con pintura. Lo bien que debe haber quedado el “73 La Soledad” en el vidrio de adelante, haciendo juego con el negro y amarillo del taxi. Que lástima que nadie lo alcance a ver, que ya estén exorcizandolo ahí mismo, apenas afuera del living de casa. Que bien que habría salido todo si no se me hubiera caído el puto aerosol, si no hubiera ladrado el perro. Todo por culpa del perro, me acuerdo de Scooby Doo y río solo. Que lindo es reír, no puede ser esta la última risa, la puta madre.

No me pasa toda la vida por delante como en las películas, como mucho un mero trailer: el de un tipo sentado en el baño, esperando el minuto final en líneas rojas, con las manos llenas de pintura, con los proyectos sin terminar en la guantera del micro, con el dolor de… de nada, de no tener dolor, de no poder sentir nada.

No me puedo mover mucho, los puntos me tiran, no me puedo dar el lujo de andar sangrando en una situación así. Le empiezan a dar a la puerta principal. Les va a costar, roble puro, si la rompen les pago un asado (sin achuras, el que quiera que las traiga aparte, yo esas cosas en la parrilla no pongo).

Algo de batería le queda al celular, la llamo a María. Necesito pedirle perdón una última vez, por hacerla practicar tantas veces en estos años, por hacerle de payaso personal.

Atiende el contestador. “Hola, soy María. Si todavía estás escuchando esto, te felicito: ¿a cuánta gente conocés con paciencia como para esperar que suenepiiip”. Dejo mis 5 segundos de risa habituales y corto. Le mando un mensaje. “Que nunca te maquillen la risa”, con eso basta.

Alguien grita de la emoción, supongo que encontraron la llave debajo de la maceta. Abren, se escuchan los pasos de dos, sólo dos tipos.

Llegan al baño, suena el celular, ella me devuelve la llamada. No alcanzo a atender, la bala me jode en el oído, no la podría ni escuchar.

Porque hoy ya no se hacen serenatas

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Publicado el Martes 13 de diciembre del 2011 a las 2:38 am por Matías
Categorías: Cuentos

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Espero que mis recuerdos no se enamoren de vos,
estaría con problemas de dolencias y ficción

Millones de casas con fantasmas, Árbol con bandera

 

Son las 5 de la mañana. Tengo ese problema con los horarios, de no poder escribir sin sentirme en el momento adecuado, el lugar generalmente no importa. Uno a las 5 de la mañana sólo escribe por necesidad, por obligación de algún ente interno que prefiere la oscuridad y limpiarse con alcohol las heridas.

Carla, ya pasaron 4 años desde que se fue Carla, y todavía sigue estando en todos lados. Su letra en mensajes cursis (de esos que uno ama en el momento, y odia en el momento que se va) al costado de las hojas, su pelo castañoclarotirandoarojizo en cada chica de espalda caminando por el centro, sus fotos en la caja de pandora guardada en el placard, las miles de referencias a ella en cada texto, en cada canción, cada “ella” que todavía tiene su nombre.

“No gracias, estoy mirando” fue una de las últimas frases que le escuché, un día que la encontré en una disquería vieja que alguna vez habíamos recorrido y ojeado juntos. Me puse un LP de Spinetta en la cara y podría jurar que no me reconoció, aunque estuvo un buen tiempo mirando esa tapa, recordando quizás que yo lo tenía, que algún día le había dicho que lo íbamos a escuchar juntos. La vi irse, y no fue como la primera vez, ni como las tantas veces que la había visto irse: esta vez sabía que la que se iba no era ella, que la que había visto y escuchado no era ella, que sólo la podría reconocer si en vez de irse viniera, si la despedida fuera meta, llegada. Pero ya no esperaba nada, salvo poder borrar esa cinta y que el cassete con su voz dejara de repetirse en mi cabeza.

Carla se fue -no de esa disquería, de mi vida, de mi vista al menos- porque quiso, no había mucho que explicar. Aún hoy todavía no sé si es verdad que entendí el porqué pero no el para qué, o si nunca entendí nada. Aún hoy no entiendo quién perdió a quién, quién perdió y quién ganó, porqué tuvimos que perder la comunicación, porqué extraño eso.  Ninguno se quedó con nada, los proyectos compartidos simplemente se dividieron y siguieron por autopistas separadas, sabíamos que no tenían por qué frenar en ningún lado. Y que probablemente eso era lo mejor, al menos en ese momento.

Le gustaba sufrir, creo, supongo. Sólo sé que le aburría ser feliz: se sentía bien hasta cierto punto, cuando se daba cuenta que la perfección era simplemente perfección fingida, y que ambas cosas eran por igual deleznables. Por eso cuando se cansó de no saber cómo arreglar todo escapó, en busca de vaya a saber qué. Volver a las raíces, a las cavernas, a ese estado primitivo que es la adolescencia masoquista que todo ser humano transita leyendo o quemando libros de autoayuda. Igualmente, no son más que conjeturas. Posiblemente nunca la entendí, posiblemente nunca se entendió ella tampoco, al punto que esa era su frase de cabecera las pocas veces que la vi llorar. Una mujer es más que un dios: al menos tengo la certeza de que existen, pero tampoco sé si algún día las voy a comprender.

Con ella también se fue mi habilidad para llorar, la que maldije tantas veces, la que desencadenó tantas cosas ese último tiempo. Creo que le agradezco, creo que se siente bien no llorar por ella, ni por nada. Como así también supongo que ya tiene a alguien más que llore por ella, que ya llora por alguien más, que ya volvió a pensar que los hombres somos todos iguales y demás frases hechas. Aún así, sigue siendo Carla, sigue apareciendo en sueños de segundos de duración, ya sea en su versión Jekyll, Hyde, o en la que más me gustaba: siendo ella.

Carla duele todavía de vez en cuando porque fue la historia completa, con varios inicios, muchos nudos -incluídos enredos dignos de sitcom- y un triste desenlace. Duele porque los desenlaces en la vida real rara vez suelen quedar resueltos, porque nunca se sabe con certeza cuál es el punto final, porque los finales rara vez suelen ser felices y porque son las 5 de la mañana de un sábado y Carla duele más a ese horario que a cualquier otro.

Ella se fue, yo siempre estuve acá sabiendo que había seguido mi vida a pesar que su fantasma seguía siendo a veces mi sombra; inventariando mentalmente todo lo que me gustaría decirle, comparándome con el pasado para poder mostrarle todo lo que he crecido, y hacerla reír al contarle que todavía uso un mantel como cortina y me he olvidado de decorar las paredes de la pieza nueva. Su recuerdo sigue estando en todos lados, el problema es, quizás, que ella no está. Y yo tampoco.