Laburo de nenas
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Afuera hay una tropa de taxis esperándome. Saben lo que hice, preparan sus antorchas y sus cuchillos afilados para ponerle fin a su problema, para ponerme fin a mí, es lo mismo en este caso.
Por la hora que veo en el reloj con leds rojos (herencia del abuelo, maravilla de la industria argentina, años 70) supongo que en 20 minutos el Sol saldrá. Cuando amanezca no podré ocultarme más tras estas cortinas blancas que deforman mi figura y les hace creer que por ahora, sólo por ahora, soy un freezer, una cómoda antigua o algún artefacto inmóvil.
No soporto más mi letargo, me arrastro hasta el baño. Prendo un fósforo y me veo en el espejo. Hago morisquetas, levanto la parte derecha del labio superior con la mano en el aire como si fuera una precaria marioneta. Tengo 8 años de nuevo, un chaleco amarillo puesto, María me mira sonriente y me cuenta que cuando sea grande va a ser presentadora de circo, porque no puede ser que no haya ninguna presentadora de circo mujer, que sólo vio una vieja una vez en Chivilcoy y ya no podía ni hablar. Se corta la luz y llora, mamá y su nariz roja de payaso nos viene a buscar, entiendo todo.
Se escuchan bocinas, la búsqueda del generador del caos genera más caos todavía, pero tiros todavía no hay. Cierro la tapa, me siento en el inodoro, veo de nuevo el mensaje del sindicato: “te dijimos q era un laburo de nenas, no de gordo maricon. arregla todo o te fajamos”. Me tiran los puntos en la espalda, justo esta semana me tenían que sacar el puto lunar. Más vale que salga maligno, que si no voy a encargarme de que la doctora tenga que andar en patines una semana.
Entra humo por la banderola. Prendo un fósforo más para empezar el primer cigarrillo del segundo paquete, las manos siguen con pintura. Lo bien que debe haber quedado el “73 La Soledad” en el vidrio de adelante, haciendo juego con el negro y amarillo del taxi. Que lástima que nadie lo alcance a ver, que ya estén exorcizandolo ahí mismo, apenas afuera del living de casa. Que bien que habría salido todo si no se me hubiera caído el puto aerosol, si no hubiera ladrado el perro. Todo por culpa del perro, me acuerdo de Scooby Doo y río solo. Que lindo es reír, no puede ser esta la última risa, la puta madre.
No me pasa toda la vida por delante como en las películas, como mucho un mero trailer: el de un tipo sentado en el baño, esperando el minuto final en líneas rojas, con las manos llenas de pintura, con los proyectos sin terminar en la guantera del micro, con el dolor de… de nada, de no tener dolor, de no poder sentir nada.
No me puedo mover mucho, los puntos me tiran, no me puedo dar el lujo de andar sangrando en una situación así. Le empiezan a dar a la puerta principal. Les va a costar, roble puro, si la rompen les pago un asado (sin achuras, el que quiera que las traiga aparte, yo esas cosas en la parrilla no pongo).
Algo de batería le queda al celular, la llamo a María. Necesito pedirle perdón una última vez, por hacerla practicar tantas veces en estos años, por hacerle de payaso personal.
Atiende el contestador. “Hola, soy María. Si todavía estás escuchando esto, te felicito: ¿a cuánta gente conocés con paciencia como para esperar que suenepiiip”. Dejo mis 5 segundos de risa habituales y corto. Le mando un mensaje. “Que nunca te maquillen la risa”, con eso basta.
Alguien grita de la emoción, supongo que encontraron la llave debajo de la maceta. Abren, se escuchan los pasos de dos, sólo dos tipos.
Llegan al baño, suena el celular, ella me devuelve la llamada. No alcanzo a atender, la bala me jode en el oído, no la podría ni escuchar.















