Le pasó por primera vez a los 6 en un acto escolar, posiblemente un 9 de julio porque después comió locro y de eso sí se acordaba perfecto al relatarlo. La directora, a lo largo de las palabras alusivas imprendiscibles en un acontecimiento de ese tipo, recibió aplausos siete veces, contadas. Él en ningún momento supo que tenía que hacerlo, la inercia simplemente lo llevó -no sin un cierto delay- a imitar al resto del público. En ese preciso instante, con las láminas de los próceres observándolo fijamente, se dio cuenta de que no sabía cuándo aplaudir, que los gestos, las palabras que llevaban a un aplauso, a él no lo conducían a ningún lado. Y que Laprida tenía nombre de calle, no de prócer.
Durante la primaria y gran parte de la secundaria no tuvo mayores problemas: el que empezaba a aplaudir tarde siempre era visto como un rebelde por los mismos compañeros, lo que engrandecía su status y hasta hizo que Florencia, la colorada de rulitos, le diera un beso en la mejilla en cuarto grado, jugando a la Naranja china.
Cuando empezó la facultad las cosas se pusieron heavy, y el ultimátum le llegó cuando en un curso, sentado en primera fila, recibió una mirada ácida e inolvidable del jefe de cátedra. Del jefe de cátedra de la materia más difícil que cursaba ese primer año. Y todo por no aplaudirlo en el momento exacto, luego de un brillante -e inentendible- discurso y sermón a medias. Esas miradas, como lo saben perfectamente los que las han recibido, suelen ser contratos de 4 años en los que se especifica que el alumno por más esfuerzo que haga, no aprobará la materia.
Luego de ese terrible incidente, casi se cambió a una carrera un poco menos complicada. Repartidor de sodas pensó, pero su cerebro reaccionó y desechó la idea. No llegarían nunca a destino. El próximo paso fue divagar por decenas de médicos, psicólogos, acupunturistas y hasta una mujer barbuda que trabajaba en el circo y prometía curar lo incurable a cambio de monedas para la máquina de dulces.
Nada funcionó, y el problema se hizo más grave. Ahora no sólo no sabía en qué momento aplaudir, si no que también había perdido su habilidad para hacerlo. Juntaba las manos y producía un sonido hueco, semejante al de una rana silbando la 5ta sinfonía de Beethoven o un volcán yugoslavo en erupción, pero nunca el de un aplauso. En los boliches las chicas se le alejaban (o le otorgaban otra de esas miradas que nadie quiere recibir) porque cuando las canciones pedían palmas sus manos perdían la dirección. Ni hablar de los recitales de folklore de su cuñado, de donde salía siempre ojeado por no poder marcar el ritmo y provocar la caída de todos los zapateadores.
Los treintas fueron muy duros, llegando incluso a la absurda idea de cortarse las manos y parar el sufrimiento. No la logró ejecutar porque el amor llegó justo a tiempo, en forma de una chica sorda a la que le gustaba practicar remo y los daikiris de frutilla, pero nunca en su vida había escuchado un “clap clap” resonar en sus oídos.
Murió una noche de julio, en el pre-estreno de un documental sobre su vida, de un infarto que lo dejó tieso apenas se proyectaron las primeras imágenes. Nadie lo notó. Cuando la pantalla fundió en negro y se apagaron las luces, todo el cine se paró y realizó el aplauso más mudo que alguien haya oído.