Quizás ella se despertó una mañana y sintió que era un acordeón, que nadie más que él había logrado sacarle una melodía al tocarla. Que la nostalgia, la alegría, la confusión, era todo parte de una misma canción, de un acorde con infinito sustain.

Quizás él se dio cuenta que era ciego, y que ella era su lazarillo descarriado que lo llevaba por las sombras. Siempre a tientas, tratando de esquivar los pozos. Al menos había un sendero por el cual caminar, mientras no lo pisara.

Quizás el relator también olvidó las preguntas cuando los encontró en un tango, bailando como si supieran.