Le prometió a la vieja que no iba a regresar más a casa borracho. Salió de los arbustos y dijo que nunca iba a volver a coger en el parque, que la tierra le dejaba las piernas a la miseria. Apagó el último porro en una baldosa trizada y se convenció de que dejar las drogas por un tiempo le iba a hacer bien. Dejó a su novia después de 4 años y prometió no volver al mismo error. Una vez, y otra vez. Y una más. Quemó un par de libros, quebró algunos cds, destrozó la cinta de unos cassettes, todo para darle más bola a la facultad. Amenazó con dejar el grupo si el cantante no dejaba su ego atrás de algún amplificador, si el guitarrista no se ponía las pilas, si el bajista no aprendía a tocar el bajo. Dijo que si el jefe lo trataba así de nuevo, renunciaba y se iba a vivir a El Bolsón a vender pulseras de hilo encerado.

Siempre fue preso de sus palabras, fugitivo de sus acciones. Su epitafio rezó en una elegante Helvética 72: “Cumplí la condena”.