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Para Giuli, porque con amigas que hablan así,
el camino a algún libro no parece tan onírico
Rocío es más llovizna que rocío, y se seca las lágrimas con la bandana atada al cuello, y empuña los auriculares hacia el cielo y no grita, pero el micro igual se sacude por el exabrupto y la mira como si en serio la lluvia no fuera a parar nunca. Nunca, literalmente nunca, a esa hora no existe el sentido figurado.
Desde el fondo alguien con un morral que parece cartera piensa en preguntarle qué le pasa, en cambiar el mundo con cuentos cliché sobre el misterio del amor y el fin de la adolescencia, en apagar la radio del chofer que transmite insistentemente canciones de Pimpinela tratando de demostrar algo. No hay nada para demostrar a estas alturas, está todo demostrado, pero nadie cree en la teoría.
Los dos coincidirían en que no hay fórmulas mágicas para curar la indecisión, en que el equilibrio entre la madurez y la inmadurez es no saber perfectamente bien qué significa esa palabra, en que la lluvia va a parar en un rato y va a seguir después de la siesta a pesar de los pronósticos. “Los pronósticos no existen” quizás hasta dirían al mismo tiempo, riéndose e insultando porque ambos lo querían decir primero.
Pero ella se baja una parada antes, y él no le habla a las chicas de los micros. “Que tipo pelotudo, no le habla a las chicas de los micros” piensa ella ya en la calle con el paraguas abierto , mientras ve su cabeza apoyada en la ventanilla, escuchando un tema con más lluvia que la de afuera. El micro arranca.















