Compré cortinas. Negras. Después de años de terminar la mudanza compré cortinas negras, y al fin puedo dormir tranquilo en esta habitación y sentirme un escritor frustrado a la ténue luz de una lámpara y ver cómo los ojos de ella me apuntan y brillan en la oscuridad. O siempre.
Compré cortinas, sí. Y son negras, porque las blancas son fantasmas, las rojas alfombras, las azules nubes quizás o una mancha de tinta seca o una nube en el paisaje de esa remera que no te gusta o nada quizás, quizás la nada es azul. Pero estas no, no son nada de eso, estas no tienen recuerdos, son un pozo sin fondo con el barral como trampolín, son la historia sin fin un domingo a la tarde -sin fin- cuando la televisión no emite barras de colores y no se puede decidir si la barra rosada es rosa o es cyan o cyan era rosado o ese era magenta?.
Compré cortinas, llené una pared con vinilos, pegué un poster de Almendra. Las cortinas son negras. Los vinilos suenan cuando les pasa la uña más larga y lee los títulos sesentosos y olvidables, y se rie, y se rie de su risa, y de la mía riéndose de la suya (todo en un loop que podría durar infinitamente más que un long play). El hombre de la tapa que ahora está en el poster me mira y se le cae una lágrima, porque sí, porque ya no hay tristeza acá y ahora adónde va a ir sin nadie que lo dibuje?.
No sé bien para qué compré cortinas, menos porqué las elegí negras. Por primera vez en mucho tiempo, todo es transparente (y hay más luz adentro que afuera).