Sano, nuevo
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El año fue demasiado para escribirlo. Conocí a gente que sé que va a estar ahí por incontables años más, bancando mis malos chistes, aguantando el techo de las mañanas. Cumplí varios sueños, estuve en un par de escenarios, arriba y abajo y conocí otra forma de felicidad. Los colectivos fueron mis aliados, el poder sentarme y escuchar música mientras pensaba en el shufflé que es mi vida, o escribir en el 16 cuando los baches lo permitían. Manejar, una especie de libertad. Vi los ojos más desnudos, saboreé la piel más dulce, tuve una musa envidiable por el resto de los (intentos de) artistas, a pesar del todo que nos rodeó. Sentí que al fin, el timón de mi futuro lo tengo yo, por más miedo que dé eso, y que no siempre escapar es la mejor opción. Revisité la desilusión, la decepción, el rencor, las nebulosas. Subido en un columpio a las 4 de la mañana me di cuenta que si buscaba el significado de la vida estaba perdido, que mejor era vivir y en eso andamos. Corregí un poco mi vida, un poco a mí, pero la esencia está, esta vez sin dejar pisotearse. Perdí y gané, miles y miles de veces, no sé cómo habrá quedado el resultado final.
Me di cuenta que no se puede hacer un balance enumerando momentos, sentimientos o lo que sea, no cuando el año fue tan intenso y se hace imposible separar los momentos en malos y buenos para apilarlos y ver qué montaña es más grande. Lo mejor es sentarse en el 31 de diciembre y tirarse al 1 de enero de cabeza, pensando que estar regidos por un calendario gregoriano es una estupidez, y que siempre vamos a ser un compendio de recuerdos, sentimientos no definidos y errores repetidos. Que la conciencia está limpia, que volvería a hacer todo un par de veces. Que esta vez sí, mejor vivir que pensar.
Y terminar el año con una sonrisa, o riéndose de uno mismo por escribir un texto sin moraleja que parece un institucional de canal de aire. Amigos, amigas, buen fin de año.

















