Espero que mis recuerdos no se enamoren de vos,
estaría con problemas de dolencias y ficción
Millones de casas con fantasmas, Árbol con bandera
Son las 5 de la mañana. Tengo ese problema con los horarios, de no poder escribir sin sentirme en el momento adecuado, el lugar generalmente no importa. Uno a las 5 de la mañana sólo escribe por necesidad, por obligación de algún ente interno que prefiere la oscuridad y limpiarse con alcohol las heridas.
Carla, ya pasaron 4 años desde que se fue Carla, y todavía sigue estando en todos lados. Su letra en mensajes cursis (de esos que uno ama en el momento, y odia en el momento que se va) al costado de las hojas, su pelo castañoclarotirandoarojizo en cada chica de espalda caminando por el centro, sus fotos en la caja de pandora guardada en el placard, las miles de referencias a ella en cada texto, en cada canción, cada “ella” que todavía tiene su nombre.
“No gracias, estoy mirando” fue una de las últimas frases que le escuché, un día que la encontré en una disquería vieja que alguna vez habíamos recorrido y ojeado juntos. Me puse un LP de Spinetta en la cara y podría jurar que no me reconoció, aunque estuvo un buen tiempo mirando esa tapa, recordando quizás que yo lo tenía, que algún día le había dicho que lo íbamos a escuchar juntos. La vi irse, y no fue como la primera vez, ni como las tantas veces que la había visto irse: esta vez sabía que la que se iba no era ella, que la que había visto y escuchado no era ella, que sólo la podría reconocer si en vez de irse viniera, si la despedida fuera meta, llegada. Pero ya no esperaba nada, salvo poder borrar esa cinta y que el cassete con su voz dejara de repetirse en mi cabeza.
Carla se fue -no de esa disquería, de mi vida, de mi vista al menos- porque quiso, no había mucho que explicar. Aún hoy todavía no sé si es verdad que entendí el porqué pero no el para qué, o si nunca entendí nada. Aún hoy no entiendo quién perdió a quién, quién perdió y quién ganó, porqué tuvimos que perder la comunicación, porqué extraño eso. Ninguno se quedó con nada, los proyectos compartidos simplemente se dividieron y siguieron por autopistas separadas, sabíamos que no tenían por qué frenar en ningún lado. Y que probablemente eso era lo mejor, al menos en ese momento.
Le gustaba sufrir, creo, supongo. Sólo sé que le aburría ser feliz: se sentía bien hasta cierto punto, cuando se daba cuenta que la perfección era simplemente perfección fingida, y que ambas cosas eran por igual deleznables. Por eso cuando se cansó de no saber cómo arreglar todo escapó, en busca de vaya a saber qué. Volver a las raíces, a las cavernas, a ese estado primitivo que es la adolescencia masoquista que todo ser humano transita leyendo o quemando libros de autoayuda. Igualmente, no son más que conjeturas. Posiblemente nunca la entendí, posiblemente nunca se entendió ella tampoco, al punto que esa era su frase de cabecera las pocas veces que la vi llorar. Una mujer es más que un dios: al menos tengo la certeza de que existen, pero tampoco sé si algún día las voy a comprender.
Con ella también se fue mi habilidad para llorar, la que maldije tantas veces, la que desencadenó tantas cosas ese último tiempo. Creo que le agradezco, creo que se siente bien no llorar por ella, ni por nada. Como así también supongo que ya tiene a alguien más que llore por ella, que ya llora por alguien más, que ya volvió a pensar que los hombres somos todos iguales y demás frases hechas. Aún así, sigue siendo Carla, sigue apareciendo en sueños de segundos de duración, ya sea en su versión Jekyll, Hyde, o en la que más me gustaba: siendo ella.
Carla duele todavía de vez en cuando porque fue la historia completa, con varios inicios, muchos nudos -incluídos enredos dignos de sitcom- y un triste desenlace. Duele porque los desenlaces en la vida real rara vez suelen quedar resueltos, porque nunca se sabe con certeza cuál es el punto final, porque los finales rara vez suelen ser felices y porque son las 5 de la mañana de un sábado y Carla duele más a ese horario que a cualquier otro.
Ella se fue, yo siempre estuve acá sabiendo que había seguido mi vida a pesar que su fantasma seguía siendo a veces mi sombra; inventariando mentalmente todo lo que me gustaría decirle, comparándome con el pasado para poder mostrarle todo lo que he crecido, y hacerla reír al contarle que todavía uso un mantel como cortina y me he olvidado de decorar las paredes de la pieza nueva. Su recuerdo sigue estando en todos lados, el problema es, quizás, que ella no está. Y yo tampoco.