Y si todavía tengo más para decir, que el bozal sea de papel
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Lleno de angustias mi aburrimiento. Me levanto con el pie derecho para aterrizar en la mala suerte de los que no creemos en supersticiones. Despliego mis alas sólo para descubrir que no tengo alas, y que la sangre del mosquito en la pared blanca ex-inmaculada todavía no se borra. Cambio de canal, subo el volumen, ajusto el contraste, me meto en el infinito espejo de una cámara filmando a un hombre viendo televisión siendo filmado por una cámara conectada al televisor. Abro una lata de frijoles y me pregunto “¿En serio? ¿Frijoles?”. Saco fotos para el anuario de mi conciencia. Abro un archivo en blanco y dejo que las manos separadas del cerebro hagan el trabajo. Pongo el cd más rayado que tengo para que mis orejas se inspiren y hagan ruido. Caigo en errores de gramática sin salvavidas. Soy autoreferente para no olvidarme que escribo ficción pero que soy yo el que escribe. Uso paréntesis porque no quiero que quede nada sin aclarar. Le pongo pausa a mi vida de vez en cuando pero es difícil ver la imagen sin lluvia. No corro para no despertar sospechas. No duermo para no confirmarlas. Espío a la gente que viaja en micros de larga distancia al amanecer. Hago soundtracks en mi cabeza de esos viajes. Corto la cinta de inauguración de mi cabeza, donde no hay moño ni alfombra roja. Perdón señores espectadores, no hay mucho que ver. Me admiro por ser tan ignorante en todo, y pienso que en esa ignorancia quizás se encuentran todas las cosas maravillosas que nunca veré. Repito la misma tarareada en las mismas situaciones, y hago air drum con mis piernas. Me sensibilizo ante la soportable tarea de ser yo mismo. Usualmente me quejo más de lo que debería, de vez en cuando vivo menos de lo que podría. Sé quién soy y adónde me gustaría ir. No sé cómo hacerlo generalmente. Soy autodestructivo frente al espejo. Destruyo razones disparando argumentos, para después levantar ladrillos quemados del suelo. Odio los finales abi


















