Archive de la categoría ‘Relatos?’

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Publicado el Miércoles 27 de Enero del 2010 a las 4:27 pm por Maty!
Categorías: Cuentos, Relatos?



 

- ¡Ya sé! Podría ser que él prende la cámara, le hace un par de ajustes y cuando mira por… ¿cómo se llama el vidriecito ese, dónde ponés el ojo para ver en la cámara? ¿Mirilla? ¿Visor?
- No tengo idea señor. ¿Va a querer algo más o le traigo la cuenta? -dijo el mozo, sabiendo que no servía de nada, que el tipo no le daba pelota.
- Bueno, como se llame, empieza a ver por ahí y se da cuenta que no puede estar todo tan perfecto para una foto. Que alguien puso todo así a propósito, que la chica está ahí haciéndose la que lee, tratando de conservar la misma pose para salir así. Que el graffitti que está debajo de ella está fresco todavía, porque lo pusieron ahí para la foto. Mirá mirá, ¿viste bien la foto? Es buenísima.
- Es buena -miró la notebook con el café enfriándose al costado, como ya lo había hecho unas 35 veces en el rato que había estado ahí. El tipo le caía mal, pero daba muy buena propina, y eso era lo que le importaba.
- Bueno, te decía, entonces piensa que le están haciendo algún tipo de joda, para que después cuando suba la foto a Flickr todos se burlen de él. ¿No sabés lo que es Flickr, no? -pareció que por primera vez iba a callarse para escuchar la respuesta, pero no lo hizo.
No importa, no importa. ¡Pará! ¡Mejor! Que su vida es un reality show, en el que lo filman todo el tiempo, que todos son actores que tienen una rutina que repiten todos los días. No no pará, me parece que eso ya lo he visto en algún lado.
- Truman Show, con Jim Carrey -y deslizó muy, pero muy despacito, un “laputaquetereparió”.
- ¿Truman Show decís que le ponga? No no, no me gusta. Y aparte ya te dije que es un cuento lo que trato de hacer, ¿cómo voy a meter a Jim Carrey? Mierda, ya entiendo por qué sos mozo vos.

El mozo trató de calmarse contando hasta $10. Era lo único que lo calmaba; no porque fuera alguien que pensara sólo en la plata, si no porque en ese momento pensaba comprar algo de cianuro con esa plata para ponérselo en el cafe a ese hijo de puta que se hacía llamar escritor.

- O si no tratar de contar la historia de la chica, tratar de pensar por qué está ahí, leyendo, una noche de verano en Buenos Aires. ¿Está esperando a alguien? ¿Qué es lo que está leyendo?. Quizás el tipo de enfrente que la mira lo sabe, sabe todo, y tiene miedo que el que está sacando la foto sea un pervertido o algo así viste, de esos que te sacan fotos en la calle y después la fotoshopean y la suben a internet. Pero cuando se va a cruzar para pararlo, lo agarra el chico que viene caminando, le roba y se va en el taxi. ¿Aunque no sería muy creíble lo del chorro, robando y yéndose en un taxi, no?. A menos que el tachero sea cómplice. No sé, no me convence. ¿A vos?
- Tampoco señor, ¿pero va a querer algo más? -”Que diga “un cuchillazo en la frente”, que diga “un cuchillazo en la frente”, repitió en su cabeza.
- Sí, calentame el café. Y traeme más edulcorante, ¿qué te creés que puedo hacer con dos sobrecitos? Que ratas que son en este bar che. Pero pará que terminemos con esto. Si no pensaba que, de última, podría hablar sobre esta sociedad en la que a todos le chupa un huevo todo, como el auto que se ve estacionado justo debajo del cartel de “No estacionar”. Ah pará, porque si eran más de las 8 quizás sí se podían estacionar.

El mozo ya tenía una cara de culo que podía hacer que al mismo guasón se le borrara la sonrisa. Pero el tipo seguía hablando, no se daba por aludido. Empezó a putear al que había sacado la foto, pero se detuvo. Quizás había sido un buen tipo, como él. Y volvió a pensar en el cianuro. Hasta recién había sido sólo una idea para tratar de calmarse, de hacerse el gracioso y dramático en su mente, pero ahora se estaba convirtiendo en algo que podría hacer fácilmente, con alguna otra sustancia.

- Perdone señor, ¿le puedo hacer una pregunta? -trató de ser amable y de subirle un poco el ego al gordo, sabía que le encantaba que hiciera eso.
- Sícómono, diga nomás.
- ¿Usted ha leído algo de Agatha Christie o de esas viejas novelas de detectives?
- Obviamente, en mi juventud era una de mis escritoras preferidas. Si estuviera viva y viera lo que escriben las escritoras ahora, esas cagadas de Crepúsculo y Harry Potter, se suicidaría. ¿Pero por qué me lo preguntás?.
- Estaba tratando de recordar qué sustancias eran las más usadas para matar gente sin que nadie se diera cuenta en esos libros.
- Me parece que usaban cianuro, o Valium. ¿Por qué? -preguntó sin darle importancia, pero el mozo ya había empezado a preguntar de nuevo.
- Quería saber si son fáciles de conseguir ahora, ¿se pueden comprar en farmacias?.
- Según he leído no se usan más, ahora es todo tecnología y armas automáticas, la gente ha perdido el gusto por los buenos asesinatos. Es una lástima.
- Sí, la verdad es una lástima, lo podría haber disimulado más fácil de esa forma -dijo el mozo tranquilo, y antes de que el tipo levantara la cabeza parar preguntar “¿disimular qué?”, ya tenía un cuchillo clavado en la frente.

El mozo agarró la notebook, fue adentro del bar, sacó su mochila y se largó, mientras la poca gente que había en la calle se daba cuenta de lo que le había pasado al escritor, sin entender nada.

Ya no tenía trabajo y posiblemente la policía lo perseguiría, pero tenía lo más importante, lo que había esperado durante tanto tiempo: una notebook y una historia que contar.

Soundtrack del post:

Foto por el capo sanrafaelino de Ivan Kuzel

Golpe bajo

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Publicado el Viernes 22 de Enero del 2010 a las 4:26 pm por Maty!
Categorías: Cuentos, Relatos?



 

La miré a los ojos, siempre tan lejanos, y le dije:

“Sos muy larga para mí. Sos como la edición especial de La vuelta al mundo en 80 días que nunca termine de leer. Yo siempre fui un tipo de comunes novelas de detectives, donde desde el principio te das cuenta quién es el asesino.

Me costaría mucho poder descifrarte, llegar hasta tus últimas hojas. A mí me interesó la portada y el prólogo me enganchó, pero últimamente siento que, aunque quiera, no voy a poder terminarte”.

Ella agacho la cabeza, pensó unos segundos y me preguntó con un tono que demostraba cierta molestia: “¿Vos me estás queriendo decir que soy muy alta para vos?”. Hubiera seguido con mis metáforas, pero el tono de su voz me tocó el corazón de algún modo y emití mi más sincero “sí”.

Me dijo “metete tus analogías en el culo, pelotudo” y se fue. Se fue corriendo con la cabeza gacha, quizás para sentirse un poco menos alta por un rato. O quizás porque ese día sentía las ramas de los árboles más cerca que de costumbre, y golpearse con ellas habría sido, irónicamente, un golpe bajo.

Espejos

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Publicado el Martes 1 de Diciembre del 2009 a las 1:06 am por Maty!
Categorías: Relatos?



 

“Vos me gustás”, dijimos los 2 en el mismo momento, con las misma pausa del “me”, con los ojos más abiertos al darnos cuenta que estábamos diciendo lo mismo, con la misma risa que hicimos al terminar la última palabra, antes de mirarnos sin decir nada, antes del beso, antes de darme cuenta que me daba asco besar a una chica totalmente igual a mí, antes que ella se diera cuenta que le daba asco besar a un chico totalmente igual a ella.
Me fui al momento. Ya odiaba demasiado mis defectos como para estar con un espejo, no sé, ¿emocional quizás?. Nunca fuimos demasiado buenos para encontrar las palabras adecuadas.
Ahora ella también debe estar escribiendo esto en un blog de mala muerte, escuchando despacito un tema melancólido de A perfect circle y dejando ese grupo de Facebook llamado “Yo también quiero a alguien como yo!”.

“Vos me gustás”, dijimos los 2 en el mismo momento, con las misma pausa del “me”, con los ojos más abiertos al darnos cuenta que estábamos diciendo lo mismo, con la misma risa que hicimos al terminar la última palabra, antes de mirarnos sin decir nada, antes del beso, antes de darme cuenta que me daba asco besar a una chica totalmente igual a mí, antes que ella se diera cuenta que le daba asco besar a un chico totalmente igual a ella.

Me fui al instante. Ya odiaba demasiado mis defectos y mi personalidad como para estar con un espejo… no sé, ¿emocional quizás?. Nunca fuimos demasiado buenos para encontrar las palabras adecuadas. Ni para dejar de usar el plural ahora que ya no estamos juntos.

La gente se dio cuenta que lo nuestro se había terminado cuando, en Facebook, dejamos de ser fans -obviamente, en el mismo momento- del grupo “Yo también quiero a alguien como yo!”.

Soundtrack del post:


Confesión

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Publicado el Lunes 16 de Noviembre del 2009 a las 12:03 am por mrorange
Categorías: Relatos?



 

Hoy maté a un hombre.

Fue algo simple. Una pequeña sucesión de lamentos, una garganta llorosa y las palabras que se atropellaban para perderse, antes que el silencio cubriese sus huesos y su piel. Una simpleza pasmosa movía con exactitud mis manos en la tarea de extirpar el germen vicioso que le hacía brillar los ojos.

Le miré a la cara. Es impactante la manera en que se graban en nuestras mentes las formas desordenadas que componen las cosas, aunque después se pierda eso y quede tan sólo una especie de fantasma. Se pierde el modelo y queda el boceto. Todo se desvanece y nuestra mente apenas recuerda unas perdidas e inconexas sensaciones de minutos, colores y luces.

Acaricié su pelo y sequé las lágrimas que brotaban de sus ojos. Quería dejar unas últimas palabras, me confesó. Le dije que no iba a tener otros oídos que los míos, y pareció no entender. Me devolvió una mirada cargada de pena y locura, como si lo que estuviese a punto de hacer fuese irremediable. Sus ojos celestes reflejaban una inocencia que yo no podía admitir.

Por eso, hoy maté a un hombre.

Tomé un cuchillo, y él clamó por un instante de piedad. Los ríos que surgieron de las venas agrietadas tiñeron su clara piel con un purpúreo manto de inminencia. Las muñecas colgaban sin vida debajo de los brazos cubiertos de tajos. ¿Por qué hacerme sufrir?, preguntó. El silencio fue una respuesta preciosa de contundencia inexpugnable. Una mirada apagada, cubierta de la indiferencia de lo inminente, entendió eso, y calló también. El roble esperaba afuera.

Una pradera estéril trataba de latir dentro de la prisión de su pecho.

Un éxtasis de sentimientos vibró en mi ser. Todo se doblaba al paso de ese crujido lejano. Me hizo bien. Sólo eso. Tal vez por esa exclusiva razón lo hice. No cruzó por mi mente la pregunta que si esta bien o no confesarlo. Será porque no espero a que algo me responda, o porque a lo mejor me traiciona el inconsciente.

La única duda que logra refrenar aunque sea un poco mis pasos es el hecho que cada vez siento un deseo mayor de entregarme…

El teléfono suena dentro de su bolsillo, y el sonido vibrante despierta en el recóndito espacio de su mente las últimas llamadas que logra recordar antes del frenesí que lo alimenta

… ante la furia que late dentro de mis venas, y que recorre todo mi cuerpo sin encontrar resistencia de ningún tipo a este sentimiento irracional que me embate. Soy el violador de esta noche ajena, estas horas prestadas a una aurora que no nace y a una luna que aún no muere. Necesito de su sabor en mi lengua para encontrar un poco de descanso entre las vivencias que no me corresponden.

Prometiéndoles deseos, una voz femenina suave y aterciopelada, le invita a seguir el juego. Muy convincente. Sugiere recorrer cada centímetro, explorar cada rincón y explotar al máximo lo que surge dentro de su alma.

Es  enfermizo. Acercarse lentamente, midiendo los pasos, estirando al máximo la posibilidad de sorpresa.

Y entonces el cuchillo cae,  y la piel no opone mucha resistencia. La soga aprieta la garganta, mientras el universo no se siente dentro de la trampa del péndulo en la que se cae. En esos instantes la oscuridad es una alegría de punzante presencia, mientras la sangre se agolpa, aquí debajo de este árbol que me sostiene. ¿Quién empuñará las respuestas la próxima vez que busque responder preguntas?

Hoy maté a un hombre.

El teléfono suena dentro de su bolsillo, y el sonido vibrante despierta junto al aurora sonando en el descampado eterno que se abre. El sol ilumina los pies inertes, y el silencio es otra pesadilla que sufre un poco ante el ring ring incomprensible.

Lentamente, como dos agujas de brújula, los pies giraban hacia la derecha: norte, nordeste, este, sudeste, sur, sudsudoeste; después se detuvieron y al cabo de pocos segundos giraron, con idéntica calma, hacia la izquierda: sudsudoeste, sur, sudeste, este.

La remera

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Publicado el Lunes 9 de Noviembre del 2009 a las 11:32 pm por Maty!
Categorías: Historias de chicas desconocidas, Música, Relatos?



 

Hasta ayer, cada viaje a la verdulería, que queda a tan sólo 5 cuadras de mi casa, era una expedición en busca de la chica perfecta, ese tesoro tan preciado que pocos encuentran.
Me imaginaba llegando, esperando que me atiendan con cara de orto porque la anciana se colaba sin pedir permiso y yo como siempre, no me animaba a hacer nada; porque el rubiecito de la vuelta no paraba de pedirle a la madre “naranfa mamá naranfa llevemor” (tiene 7 años y todavía habla mal, pero de pelotudo y malcriado que es nomás, no por algún problema o enfermedad);  porque el que atendía tenía menos ganas de laburar que, no sé, De la Rúa; porque en la radio pasaban Grisin y Yandel, etc.

Entonces, me daba vuelta y la veía, pero posaba mis ojos en su cara, si no en su remera. Una remera negra, gastada de tanto uso, pero que no había perdido lo más importante: la imagen de alguna banda. Pero no de cualquiera, alguna a la que yo amara. Alice in Chains, supongamos. Una remera no tan fácil de conseguir. Mi cara se transformaba en cara de orto a cara de estupefacto que no entiende cómo en ese barrio de mierda con calles de tierra alguien podía llevar una remera así. Y menos una chica.

Entonces levantaba la vista y la veía. Y pensaba que no la iba a poder describir nunca, porque era hermosa, pero de una hermosura rara, como… como… ¿vieron? No la puedo describir, y eso que sólo me la imagino. Pero sigamos.

Mi mente trabajaba y trabajaba pensando cómo podía entablar una conversación, ya que no soy muy caradura y la voz en esos momentos suele salirme como cuando abrís la canilla y sólo sale aire. Luego de pensar un par de minutos, cuando ya había terminado de comprar y a ella le estaban dando el vuelto, se me ocurría. Y me ponía a cantar algún tema de Alice in Chains que no sea muy raro, pero que tampoco sea el más conocido. De esa manera, si a ella le gustaba mi banda preferida, la seguiría, o al menos sonreiría, y podría comprobar que esa remera no era del padre ni del hermano ni del novio ni.

Entonces, empezaba a cantar con mi mejor voz (que no era -ni es- muy buena) y ella me veía, me mostraba la sonrisa más hermosa y de su boca empezaba a fluir la voz más hermosa que hubiera escuchado. Entonces, nos íbamos caminando, hablando, cantando y empezaba una historia más larga que ese solo fragmento que había pasado en 5 minutos, en una verdulería de mala muerte.

Pero hoy, cuando fui a la verdulería, tuve por última vez esa fantasía, sueño o lo que sea. Y no, antes de que se alegren por mí y digan “no, es imposhiible, qué copado que te pase eso”, no encontré a esa chica.

A la vuelta, después de mi expedición frustrada, sentado en la vereda, vi venir a un amigo, la persona más similar a un simio que he visto en mi vida (y que encima es fanático de La Banda XXI, La Banda al rojo vivo y demás bandas que hacen aberraciones con instrumentos musiclaes) con una remera de Alice in Chains. Al preguntarle qué hacía con eso, me dijo que la había visto en Ozio y le había gustado. Que no tenía la más puta idea quiénes eran esos “estadounidendes o ingleses o lo que sea putos”.

Desde mañana, los viajes a la verdulería van a ser unas cien veces más aburridos.

Artificial red

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Publicado el Viernes 25 de Septiembre del 2009 a las 8:23 pm por Maty!
Categorías: Relatos?



 

En casa todos lo sabíamos. Nosotros éramos chicos, a veces mamá nos hablaba sobre eso y nos hacíamos los desentendidos, los que nunca nos habíamos dado cuenta. Pero nos dábamos cuenta.

Cada vez que la abuela la usaba, se le transformaba la cara. Se veía más joven, con más energía, a veces, hasta pasada de revoluciones. Ella decía que se sentía bien, que eso la hacía sentirse mejor. Pero sabíamos que la estaba destruyendo de a poco, que cada día la necesitaba más.

A veces después de usarla, la veíamos tocarse la nariz a cada rato. ¿Se acuerdan del señor Cara de papa, el personaje de Toy Story? La abuela parecía tener la nariz de él, tratando de acomodársela para que le quedara bien. Cuando le preguntábamos, ella respondía “es el olor, el olor de… los pimientos que puse a cocinar; me irritan. “¿Quieren un chocolate mis monitos?” y con eso conseguía distraernos unas horas. Pero nos dábamos cuenta.

Un tiempo la dejó, o eso creímos. Yo tenía mis sospechas. Mi hermano directamente no le daba bola. Mientras tuviera esos juguetes de plástico mal hechos que venían en sus yogurts de marca extranjera, él era feliz y nada más era digno de su atención. Uno a los 6 años es feliz con tan poco.

Mamá después nos contó que la abuela estaba empezando a usar una dosis menor. Después de mucho hablarle y llenarle la cabeza, la habían convencido para que fuera a un especialista. Él le recomendó empezar a dejarla de esa forma, y después de un tiempo de pensarlo, había aceptado.

A pesar de que todos estábamos contentos porque en algún momento u otro la iba a dejar, a ella se la veía mal. Físicamente, sobre todo. Iba perdiendo la fuerza de a poco, ya no se levantaba a las 7 de la mañana para limpiar de arriba a abajo esa casa de 3 pisos que nunca había estado sucia -ni siquiera los 5 cuartos del último piso, que ya casi no se usaban-, ya no salía a caminar con sus otras amigas adictas/maestras jubiladas/abuelas de otros niños que no éramos nosotros. Ya la había dejado.

Ella, sin embargo, decía que estaba bien. Y nos ofrecía más chocolates. Y más juguetes que venían en yogurts importados que seguro habían perdido la cadena del frío en los largos viajes transoceánicos. Y más cds a mí, que ya estaba entrando en la preadolescencia y empezaba a escuchar más música. Pero nos dábamos cuenta. La vieja ya no era la misma sin eso.

El día que me fui a bañar y vi, al lado de las esponjas, el cepillo para la espalda y las sales aromáticas, ese frasquito blanco, supe que la abuela había vuelto a su viejo mal hábito. Siempre habíamos sabido que la escondía en el baño, en ese frasquito de aspecto inocente, sin etiqueta. Mamá cada vez que lo veía al lado de la bañadera, se encerraba en la pieza con la abuela y la escuchábamos gritar.

Pese a que no la recomiendo y sé que es algo que hace muy mal, a la abuela se la vio muy contenta en sus últimos días. Otra vez rebosaba de energía, nos acompañaba a la escuela (comprándonos chocolate en el camino, obvio, a pesar de que mi hermano y yo ya éramos adolescentes), a veces hasta se prendía a cantar conmigo mientras yo tocaba en una criolla canciones propias que, en mis delilirios de grandeza juveniles, comparaba con las acústicas de Alice in Chains o Nirvana o alguno de esos grupos que sufrían, sufrían y sufrían.

Escuchando esas canciones, una vez tuvimos la única charla sobre la innombrable. Ella me dijo que si quería llegar a ser como mis artistas favoritos, la podía usar. Que ellos la usaban, y todos lo sabíamos. Que se les notaba. Que todo es una cuestión de apariencias.

La miré con cara de culo, moví la cabeza para los costados y ella se largó a llorar. Me dijo que la perdonara, que nunca hiciera eso. Que me iba a arruinar la vida. que lo importante era la música. Que a ella nunca le había hecho bien. Pero nos dábamos cuenta. Atrás de todo ese sufrimiento, a ella le había hecho siempre bien (sin contar las complicaciones que le había agregado a su cáncer, obviamente).

Le quedaba poco tiempo en ese entonces. Hasta que una madrugada de primavera, poco antes de mi cumpleaños, todo se terminó. Entre sollozos, hubo reunión familiar y decidimos que merecía una última dosis, aunque ya no estuviera viva.

Hablamos con los de la funeraria y no tuvieron problema en hacerlo ellos; nos dijeron que era algo muy común. Así que esa mañana, les llevé el frasquito y le pusieron la tintura, esa que había estado tantos años en su cabeza y se había convertido en una obsesión.

La abuela se murió un poco joven quizás, sufriendo bastante, disfrutando poco. Pero nunca, nunca, le vimos una cana.