Archive de la categoría ‘Relatos?’

Confesión

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Publicado el Lunes 16 de noviembre del 2009 a las 12:03 am por mrorange
Categorías: Relatos?



 

Hoy maté a un hombre.

Fue algo simple. Una pequeña sucesión de lamentos, una garganta llorosa y las palabras que se atropellaban para perderse, antes que el silencio cubriese sus huesos y su piel. Una simpleza pasmosa movía con exactitud mis manos en la tarea de extirpar el germen vicioso que le hacía brillar los ojos.

Le miré a la cara. Es impactante la manera en que se graban en nuestras mentes las formas desordenadas que componen las cosas, aunque después se pierda eso y quede tan sólo una especie de fantasma. Se pierde el modelo y queda el boceto. Todo se desvanece y nuestra mente apenas recuerda unas perdidas e inconexas sensaciones de minutos, colores y luces.

Acaricié su pelo y sequé las lágrimas que brotaban de sus ojos. Quería dejar unas últimas palabras, me confesó. Le dije que no iba a tener otros oídos que los míos, y pareció no entender. Me devolvió una mirada cargada de pena y locura, como si lo que estuviese a punto de hacer fuese irremediable. Sus ojos celestes reflejaban una inocencia que yo no podía admitir.

Por eso, hoy maté a un hombre.

Tomé un cuchillo, y él clamó por un instante de piedad. Los ríos que surgieron de las venas agrietadas tiñeron su clara piel con un purpúreo manto de inminencia. Las muñecas colgaban sin vida debajo de los brazos cubiertos de tajos. ¿Por qué hacerme sufrir?, preguntó. El silencio fue una respuesta preciosa de contundencia inexpugnable. Una mirada apagada, cubierta de la indiferencia de lo inminente, entendió eso, y calló también. El roble esperaba afuera.

Una pradera estéril trataba de latir dentro de la prisión de su pecho.

Un éxtasis de sentimientos vibró en mi ser. Todo se doblaba al paso de ese crujido lejano. Me hizo bien. Sólo eso. Tal vez por esa exclusiva razón lo hice. No cruzó por mi mente la pregunta que si esta bien o no confesarlo. Será porque no espero a que algo me responda, o porque a lo mejor me traiciona el inconsciente.

La única duda que logra refrenar aunque sea un poco mis pasos es el hecho que cada vez siento un deseo mayor de entregarme…

El teléfono suena dentro de su bolsillo, y el sonido vibrante despierta en el recóndito espacio de su mente las últimas llamadas que logra recordar antes del frenesí que lo alimenta

… ante la furia que late dentro de mis venas, y que recorre todo mi cuerpo sin encontrar resistencia de ningún tipo a este sentimiento irracional que me embate. Soy el violador de esta noche ajena, estas horas prestadas a una aurora que no nace y a una luna que aún no muere. Necesito de su sabor en mi lengua para encontrar un poco de descanso entre las vivencias que no me corresponden.

Prometiéndoles deseos, una voz femenina suave y aterciopelada, le invita a seguir el juego. Muy convincente. Sugiere recorrer cada centímetro, explorar cada rincón y explotar al máximo lo que surge dentro de su alma.

Es  enfermizo. Acercarse lentamente, midiendo los pasos, estirando al máximo la posibilidad de sorpresa.

Y entonces el cuchillo cae,  y la piel no opone mucha resistencia. La soga aprieta la garganta, mientras el universo no se siente dentro de la trampa del péndulo en la que se cae. En esos instantes la oscuridad es una alegría de punzante presencia, mientras la sangre se agolpa, aquí debajo de este árbol que me sostiene. ¿Quién empuñará las respuestas la próxima vez que busque responder preguntas?

Hoy maté a un hombre.

El teléfono suena dentro de su bolsillo, y el sonido vibrante despierta junto al aurora sonando en el descampado eterno que se abre. El sol ilumina los pies inertes, y el silencio es otra pesadilla que sufre un poco ante el ring ring incomprensible.

Lentamente, como dos agujas de brújula, los pies giraban hacia la derecha: norte, nordeste, este, sudeste, sur, sudsudoeste; después se detuvieron y al cabo de pocos segundos giraron, con idéntica calma, hacia la izquierda: sudsudoeste, sur, sudeste, este.

La remera

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Publicado el Lunes 9 de noviembre del 2009 a las 11:32 pm por Maty!
Categorías: Historias de chicas desconocidas, Música, Relatos?



 

Hasta ayer, cada viaje a la verdulería, que queda a tan sólo 5 cuadras de mi casa, era una expedición en busca de la chica perfecta, ese tesoro tan preciado que pocos encuentran.
Me imaginaba llegando, esperando que me atiendan con cara de orto porque la anciana se colaba sin pedir permiso y yo como siempre, no me animaba a hacer nada; porque el rubiecito de la vuelta no paraba de pedirle a la madre “naranfa mamá naranfa llevemor” (tiene 7 años y todavía habla mal, pero de pelotudo y malcriado que es nomás, no por algún problema o enfermedad);  porque el que atendía tenía menos ganas de laburar que, no sé, De la Rúa; porque en la radio pasaban Grisin y Yandel, etc.

Entonces, me daba vuelta y la veía, pero posaba mis ojos en su cara, si no en su remera. Una remera negra, gastada de tanto uso, pero que no había perdido lo más importante: la imagen de alguna banda. Pero no de cualquiera, alguna a la que yo amara. Alice in Chains, supongamos. Una remera no tan fácil de conseguir. Mi cara se transformaba en cara de orto a cara de estupefacto que no entiende cómo en ese barrio de mierda con calles de tierra alguien podía llevar una remera así. Y menos una chica.

Entonces levantaba la vista y la veía. Y pensaba que no la iba a poder describir nunca, porque era hermosa, pero de una hermosura rara, como… como… ¿vieron? No la puedo describir, y eso que sólo me la imagino. Pero sigamos.

Mi mente trabajaba y trabajaba pensando cómo podía entablar una conversación, ya que no soy muy caradura y la voz en esos momentos suele salirme como cuando abrís la canilla y sólo sale aire. Luego de pensar un par de minutos, cuando ya había terminado de comprar y a ella le estaban dando el vuelto, se me ocurría. Y me ponía a cantar algún tema de Alice in Chains que no sea muy raro, pero que tampoco sea el más conocido. De esa manera, si a ella le gustaba mi banda preferida, la seguiría, o al menos sonreiría, y podría comprobar que esa remera no era del padre ni del hermano ni del novio ni.

Entonces, empezaba a cantar con mi mejor voz (que no era -ni es- muy buena) y ella me veía, me mostraba la sonrisa más hermosa y de su boca empezaba a fluir la voz más hermosa que hubiera escuchado. Entonces, nos íbamos caminando, hablando, cantando y empezaba una historia más larga que ese solo fragmento que había pasado en 5 minutos, en una verdulería de mala muerte.

Pero hoy, cuando fui a la verdulería, tuve por última vez esa fantasía, sueño o lo que sea. Y no, antes de que se alegren por mí y digan “no, es imposhiible, qué copado que te pase eso”, no encontré a esa chica.

A la vuelta, después de mi expedición frustrada, sentado en la vereda, vi venir a un amigo, la persona más similar a un simio que he visto en mi vida (y que encima es fanático de La Banda XXI, La Banda al rojo vivo y demás bandas que hacen aberraciones con instrumentos musiclaes) con una remera de Alice in Chains. Al preguntarle qué hacía con eso, me dijo que la había visto en Ozio y le había gustado. Que no tenía la más puta idea quiénes eran esos “estadounidendes o ingleses o lo que sea putos”.

Desde mañana, los viajes a la verdulería van a ser unas cien veces más aburridos.

Artificial red

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Publicado el Viernes 25 de septiembre del 2009 a las 8:23 pm por Maty!
Categorías: Relatos?



 

En casa todos lo sabíamos. Nosotros éramos chicos, a veces mamá nos hablaba sobre eso y nos hacíamos los desentendidos, los que nunca nos habíamos dado cuenta. Pero nos dábamos cuenta.

Cada vez que la abuela la usaba, se le transformaba la cara. Se veía más joven, con más energía, a veces, hasta pasada de revoluciones. Ella decía que se sentía bien, que eso la hacía sentirse mejor. Pero sabíamos que la estaba destruyendo de a poco, que cada día la necesitaba más.

A veces después de usarla, la veíamos tocarse la nariz a cada rato. ¿Se acuerdan del señor Cara de papa, el personaje de Toy Story? La abuela parecía tener la nariz de él, tratando de acomodársela para que le quedara bien. Cuando le preguntábamos, ella respondía “es el olor, el olor de… los pimientos que puse a cocinar; me irritan. “¿Quieren un chocolate mis monitos?” y con eso conseguía distraernos unas horas. Pero nos dábamos cuenta.

Un tiempo la dejó, o eso creímos. Yo tenía mis sospechas. Mi hermano directamente no le daba bola. Mientras tuviera esos juguetes de plástico mal hechos que venían en sus yogurts de marca extranjera, él era feliz y nada más era digno de su atención. Uno a los 6 años es feliz con tan poco.

Mamá después nos contó que la abuela estaba empezando a usar una dosis menor. Después de mucho hablarle y llenarle la cabeza, la habían convencido para que fuera a un especialista. Él le recomendó empezar a dejarla de esa forma, y después de un tiempo de pensarlo, había aceptado.

A pesar de que todos estábamos contentos porque en algún momento u otro la iba a dejar, a ella se la veía mal. Físicamente, sobre todo. Iba perdiendo la fuerza de a poco, ya no se levantaba a las 7 de la mañana para limpiar de arriba a abajo esa casa de 3 pisos que nunca había estado sucia -ni siquiera los 5 cuartos del último piso, que ya casi no se usaban-, ya no salía a caminar con sus otras amigas adictas/maestras jubiladas/abuelas de otros niños que no éramos nosotros. Ya la había dejado.

Ella, sin embargo, decía que estaba bien. Y nos ofrecía más chocolates. Y más juguetes que venían en yogurts importados que seguro habían perdido la cadena del frío en los largos viajes transoceánicos. Y más cds a mí, que ya estaba entrando en la preadolescencia y empezaba a escuchar más música. Pero nos dábamos cuenta. La vieja ya no era la misma sin eso.

El día que me fui a bañar y vi, al lado de las esponjas, el cepillo para la espalda y las sales aromáticas, ese frasquito blanco, supe que la abuela había vuelto a su viejo mal hábito. Siempre habíamos sabido que la escondía en el baño, en ese frasquito de aspecto inocente, sin etiqueta. Mamá cada vez que lo veía al lado de la bañadera, se encerraba en la pieza con la abuela y la escuchábamos gritar.

Pese a que no la recomiendo y sé que es algo que hace muy mal, a la abuela se la vio muy contenta en sus últimos días. Otra vez rebosaba de energía, nos acompañaba a la escuela (comprándonos chocolate en el camino, obvio, a pesar de que mi hermano y yo ya éramos adolescentes), a veces hasta se prendía a cantar conmigo mientras yo tocaba en una criolla canciones propias que, en mis delilirios de grandeza juveniles, comparaba con las acústicas de Alice in Chains o Nirvana o alguno de esos grupos que sufrían, sufrían y sufrían.

Escuchando esas canciones, una vez tuvimos la única charla sobre la innombrable. Ella me dijo que si quería llegar a ser como mis artistas favoritos, la podía usar. Que ellos la usaban, y todos lo sabíamos. Que se les notaba. Que todo es una cuestión de apariencias.

La miré con cara de culo, moví la cabeza para los costados y ella se largó a llorar. Me dijo que la perdonara, que nunca hiciera eso. Que me iba a arruinar la vida. que lo importante era la música. Que a ella nunca le había hecho bien. Pero nos dábamos cuenta. Atrás de todo ese sufrimiento, a ella le había hecho siempre bien (sin contar las complicaciones que le había agregado a su cáncer, obviamente).

Le quedaba poco tiempo en ese entonces. Hasta que una madrugada de primavera, poco antes de mi cumpleaños, todo se terminó. Entre sollozos, hubo reunión familiar y decidimos que merecía una última dosis, aunque ya no estuviera viva.

Hablamos con los de la funeraria y no tuvieron problema en hacerlo ellos; nos dijeron que era algo muy común. Así que esa mañana, les llevé el frasquito y le pusieron la tintura, esa que había estado tantos años en su cabeza y se había convertido en una obsesión.

La abuela se murió un poco joven quizás, sufriendo bastante, disfrutando poco. Pero nunca, nunca, le vimos una cana.

Mafia

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Publicado el Domingo 12 de julio del 2009 a las 11:11 pm por Maty!
Categorías: Humor, Relatos?



 

- En serio te lo digo, boludo. Los mafiosos están llenos de minas, preguntale a cualquiera.

Roberto era el más viejo del grupo que se juntaba los miércoles a jugar al póker en la casa de Lolo. En realidad, era el único viejo. Ya estaba llegando a los sesenta, mientras que del resto, el más grande recién tenía 35.

- Tenés el caso del Gordo Ramírez por ejemplo, vos has visto la mujer que tiene. Bah, la pendeja que tiene, porque no creo que pase de los 18. Y mirá lo que es: feo, enano, borracho, pero gangster hasta las pelotas. Es de la mafia de las sangucherías, pesados como ningunos esos tipos.
- Sí, yo lo conozco -dijo Tony sin sacar los ojos de sus cartas-. Fue a la secundaria conmigo, y cuando teníamos el kiosquito solía aparecer para fijarse si no vendíamos sanguches hechos por otros. No era mal tipo. Bah, a mí nunca me hizo nada, dicen que a Rolo lo metió adentro de la heladera y lo dejó ahí un par de horas, pero vaya a saber si es cierto.
- Y en la secundaria tenía todo el levante, no? -preguntó Roberto, tratando de demostrar su punto.
- Ajá. Tenía historias con las que atendían el buffete del colegio.

El viejo venía con ese tema desde hacía varios miércoles. Al principio no le dieron mucha bola y pensaron que era otra de esas tantas teorías que les mostraba todos los miércoles. Antes habían pasado por “las minas que de chicas jugaban bien al volley son más fáciles” y “sin soderos el problema de la infidelidad disminuiría en un 55%”.

Pero cuando repitió la misma teoría 3 semanas consecutivas, se preocuparon. Pensaron que le estaba agarrando Alzheimer al viejo.

- No pelotudo, yo estoy perfecto, esas son boludeces que dicen ustedes para que yo no juegue más a las cartas porque siempre les gano -les dijo (o gritó, depende de lo que usted llame gritar) a los muchachos, y se terminó el vaso de fernet.
- ¿Entonces qué nos pasa? ¿Se nos están acabando las ideas che? ¿O estamos viendo mucho El Padrino? ¿Está todo bien?- preguntó sonriendo Alberto, que era pediatra y siempre hablaba así, aunque al resto le agarrara ganas de partirle una botella en la cabeza. Sólo seguía siendo parte del grupo porque él era el que ponía la casa y la comida.
- No, no es eso -Roberto agachó la cabeza, se mordió el labio inferior, se rascó la nuca y suspiró un par de veces antes de seguir. Es que me aburro. Tengo casi sesenta años y no sé cuántos más me quedan. Y la vida hay que disfrutarla. Me pasé 30 años dandole bola sólo al trabajo, a mi mujer y a Carlitos. Ahora ya estoy jubilado, a Rita se la llevó el Barba (el Barba era su abogado, que se había escapado con su mujer hacía un par de años) y Carlitos ya está en la universidad, o eso dice. Las minas no me dan bola, y no tengo plata para pagarme una puta.
- Ta’ bien, entendemos eso, ¿pero qué tiene que ver eso con lo de los gangsters? No me digás que querés que nos hagamos mafiosos para enganchar minas y conseguír guita para comprar más fernet -se burló Ricardo, el pendejo, que siempre se burlaba de todo.
(sigue después del salto)

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Círculo (relato)

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Publicado el Jueves 4 de junio del 2009 a las 4:10 pm por Maty!
Categorías: Relatos?



 

Cuando se dio cuenta, estaba mirando el techo. Bah, mirar es un decir. La oscuridad reinaba en el cuarto, y sus ojos no podían abrirse del todo. Era un sábado a la mañana triste, lluvioso, aunque todavía no lo sabía.

Agarró el celular. Siete y veinte. Puteó por dentro. LA puteó. 2 años habían pasado ya, y su subconsciente todavía la amaba.

2 años atrás, su novia lo había dejado. Él amor que el le tenía era casi una obsesión, por lo que algunos días (en esa época) se levantaba 7.20 para ir a verla por la ventana cuando ella se iba a la facultad. Sí, un pelotudo bárbaro.

Pero en estos dos años había crecido, había madurado, se había enamorado de nuevo (de otra persona), se había vuelto a desenamorar, había dejado todo atrás. Pero su subconsciente creía que era necesario joderlo de nuevo, convencerlo de que ese amor todavía no se había ido.

Se levantó, fue a la cocina y a oscuras agarró un vaso. Pensó en tomar un poco de whisky, pero le pareció muy novelesco, así que se sirvió sólo soda. Le gustaba pensar que un escritor lo estaba observando noche y día para contar su vida, y no se lo quería hacer fácil. Quizás por eso su vida era tan aburrida.

Sin darse cuenta casi, se encontró a sí mismo yendo hacia la ventana, aunque sabía que no la iba a ver. Era sábado y ella ese día no cursaba. Sin embargo, cuando corrió la cortina, en medio de la lluvia la pudo ver esperándolo, sentada en el cantero.

Sin pensarlo, salió como estaba, con los boxers de Boca y la remera vieja con la cara de Cobain que usaba para dormir. Cruzó, y se miraron durante un largo rato, hasta que él le dio un abrazo. Los dos cerraron los ojos.

Cuando se dio cuenta, estaba mirando el techo. Bah, mirar es un decir. La oscuridad reinaba en el cuarto, y sus ojos no podían abrirse del todo. Era un sábado a la mañana triste, lluvioso, aunque todavía no lo sabía…

State of love and trust (Púas)

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Publicado el Viernes 5 de diciembre del 2008 a las 3:27 pm por Maty!
Categorías: General, Relatos?



 

Antes de entrar se quedó viendo un rato la vidriera. Ya la había visto un par de día antes, pero no podía no quedarse ante esos vidrios viendo como su música iba quedando en un rincón, dándole lugar a esos discos que sonarían todo el verano. “Es la música que está de moda, amargo” le decían sus amigas. Quizás por eso odiaba tanto las modas.

Después de un buen rato de insultar (por dentro) a las discográficas porque el afiche del último de Daddy Yankee era más grande que el de Metallica, entró y cerró la puerta suavemente, no confiaba en las que se cierran solas.

Cuando dejó de rascarse el derecho y se sacó el flequillo del izquierdo la vio. Y ella a él. Se miraron un par de segundos, pero de esos segundos que pasan lentamente, como en las películas .

Él, sin poder caminar, sin saber qué hacer, sin poder emitir siquiera una sonrisa, pensando que había encontrado a la chica más linda de esa fea (y no demasiado grande) ciudad. Ella, vaya a saber qué, en esta historia el relator no es omnisciente.

Sin mostrarse más nervioso e inseguro que de costumbre, se dirigió al mostrador mientras ella daba vuelta la cara y le contestaba al vendedor que no quería nada más. Mientras esperaba su turno, la inspeccionó con la mirada.

Mentalmente hizo una lista, para después describirla en algún blog de mala muerte:

  • Rubia (natural, tirando a castaño).
  • Ojos grandes, llenos de expresión (nunca entendió eso, pero quedaba bien).
  • Ropa sin colores flúor, jeans viejos, una pulsera chica en la mano derecha, gracias a Dios no era una víctima de la moda.
  • Cabeza inclinada hacia la izquierda, cuerpo inclinado a la derecha, tratando de formar una figura que él luego encontraría en alguna nube.

Mientras el vendedor terminaba de envolver loqueseaqueellahubieracomprado, le preguntó a él qué necesitaba. Estuvo a punto de usar toda su cursilería y responder “a ella, sólo eso me hace falta. Y envuelvamela para regalo”, pero se contuvo y logró decir, con apenas un hilo de voz, “púas”.

Ella lo miró, nuevamente sin decir nada con la mirada, y dio vuelta la cara antes que él se diera cuenta. Mientras le acercaban la caja y antes de decirle “las de esta fila $1, las demás $2″, reparó en lo que ella había comprado. Ya estaba envuelto y parecía para regalo. Esta vez insultó a la vidriera por no haberlo dejado entrar antes.

Se puso a ver las púas, tocó un par, dobló otras exagerando un poco, como para que se notara que sabía de eso. Esperó un poco, calculando el tiempo, para que los dos tuvieran que salir al mismo tiempo. Mientras le cobraban, ella dijo “chau” y él se apuró, aunque sin resultados. Ella se quedó contando el vuelto, a él no le quedó otra que salir y caminar rápido, sin mirar atrás.

Mientras caminaba, hizo lo que hacía siempre que conocía una chica linda. Pensó en todas las oportunidades que había tenido para hablarle y decirle cualquier cosa, con tal de que ella emitiera una sonrisa, le pegara una cachetada, algo. Lo de “nylon reciclado, ya no saben con qué hacer las púas, no?” le pareció demasiado pelotudo, así que dejó de pensar, llegó a su casa y se tiró en la cama.

“Ya fue… seguro se había llevado el último de Daddy Yankee” fue lo último que dijo, tratando de consolarse, antes de que el ventilador de techo se le cayera encima y lo aplastara, dejando otra víctima del amor y un relato cursi más en la blogósfera.

(Canción que no tiene nada que ver con la historia, sólo el título :P )