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Publicado el Lunes 1 de agosto del 2011 a las 2:11 pm por
MatÃas
Categorías:
Cuentos
Nos bajamos de la camioneta. Es un martes de fines de invierno, atardecer de instantánea. Al costado de la ruta el viento corre fuerte, pega el frÃo. Me mira, la miro, los dos estamos estupefactos y  nuestras expresiones nos llevan a las carcajadas.
Nos abrazamos y por cuatro segundos nos olvidamos de todo. ¿En serio no cerraste el baúl con llave?. Mi cara de no sabe/no contesta la hace reÃr de nuevo. En algún lugar entre Mendoza y Miramar descansa un ataúd. Nosotros, descansamos en paz.
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Publicado el Sábado 9 de julio del 2011 a las 11:30 pm por
MatÃas
Categorías:
Amor,
PuesÃa
En dÃas de pasto y
abrazos sobre abrazos sobre abrazos
ella suele decir
que le gustarÃa sacar
fotos con sus ojos.
Usar la vista como cámara
retener en memoria o imagen
el contorno de mi pelo
con el otoño de fondo
y en primer plano
algún cielo
-siempre menos real
que el de sus dedos
besándome los labios
en el cuarto oscuro-
Mi Polaroid con
lente de corazón,
mientras tanto,
retrata otro momento Kódak.
Esa foto velada
donde no es necesario abrir los ojos
para ver
que ya no hay sentido que ella no ocupe
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Publicado el Viernes 20 de mayo del 2011 a las 12:52 am por
MatÃas
Categorías:
Cuentos
Estas no son horas de llegar. El colectivo pasa 6.07 y ser el único pasajero da toda la libertad para sentarse al lado de la ventanilla, arriba de la rueda, ventana cerrada. No es la primera vez que me siento y veo cómo a través de un vidrio las cosas pasan lento, que todo se mueve menos yo. No hace falta que sea un micro, no.
Estas no son horas de llegar. En la plaza hay hambre de despertar, los solitarios amándose (¿a sà mismos, a la pasión de una noche más?), las minifaldas de fiesta buscando la neumonÃa más segura por toqueteos al compás de la música. El conteo de vagabundos asciende a 4, el de borrachos tirados en el pasto a 7. Tribunas del pasado, presente y futuro vacÃo. Para ellos, obvio.
Estas no son horas de llegar. ¿SabÃas que a la madrugada, cuando se supone que el mundo sueña con un mundo mejor y tiene pesadillas con el que ya existe, pasa por las calles un camión que riega y cepilla las calles de cemento?. Me doy cuenta tarde que acaba de pasar por al lado mÃo, tengo un par de mà mismos adentro que necesitan una limpieza de mente. Si me cepillan para sacar el óxido mejor.
Estas no son horas de llegar. El frÃo mata de a poco, aunque remera pullover campera protejan. Lo que faltan son sus manos calientes en mi espalda, su aliento en mi oÃdo diciendo las únicas palabras que viniendo de su boca pueden salvar de una hipotermia en ciernes. Pero ella está en una cama (que no es la mÃa, ni la de ningún otro por suerte) tapada con varias colchas, un conejo de peluche en la mesa de luz y sus brazos lejos de los mÃos, que marcan tarjeta en el segundo colectivo, puteando porque el camino no me lleva a su habitación.
Estas no son horas de llegar. La cuadra que hay que recorrer entre la parada y mi casa es el momento donde camino y tengo ganas de caer, que alguien me levante y me deje en la cama. “No hacer mucho ruido al poner la llave y dar las dos vueltas, despertar pero no asustar, comer algo pero nada que esté en la heladera” son las consignas. Cuando la sábana ya tapa la cabeza y el suspiro final se suelta y se enrieda en la almohada, los pájaros empiezan a cantar que ellos sà son felices y trabajan y aman y sonrÃen y
Estas no son horas de llegar.
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Publicado el Lunes 4 de abril del 2011 a las 8:58 pm por
MatÃas
Categorías:
Cuentos
Lautaro se llama. Todas las noches de verano pega sobre la medianera un pedazo de vidrio deforme de una botella rota, para, según dice, proteger la casa de los ladrones. Cada noche uno nuevo, no sin antes tomar todo el contenido del recipiente, obviamente. Cuando todos los fragmentos están pegados correctamente y dan la apariencia de terreno peligroso para entrar, las lágrimas y el alcohol barato destraban su lengua y lo hacen confesar.
Dice -con su voz ronca retumbando desde el fondo de su garganta- que desde su habitación, desde la cama donde duerme, puede ver al acostarse los vidrios brillar, gracias a la luz de la otra cuadra. El brillo que le falta cada dÃa cuando se despierta y ella no está al lado. El brillo del rocÃo sobre las flores de la tumba cada 22 de enero a la madrugada, en Santa Jimena. El brillo de sus(un “sus” exclusivamente femenino) ojos persiguiéndolo en cada sueño, apuñándolo de frente, pidiendo una explicación de por qué la partida tan temprana, de por qué un adiós tan inexistente.
Cuando todos se van, después de la palmadita en la espalda, el “viejo, yo te banco, sabés que estoy para lo que necesités” y la puerta que no cierra bien, las lágrimas cesan y ya no hay nadie para hablar. Entonces agarra el ovillo y de a poco sigue construyendo la soga, su último y único propósito, lo único que puede hacer con ese brillo resplandeciendo desde el otro lado de la ventana.
Si algún dÃa volvés de Santa Jimena por la ruta 47 y ves un ataúd con rueditas tirado por un loco en bicicleta gracias a una soga roja, decile que le mando saludos. Lautaro se llama. Buen tipo.
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El muerto, cual pelÃcula muda y en blanco negro, se levanta del suelo en cámara lenta y pide un whisky on the rocks. Quemarse la garganta plastificada es lo único que lo hace sentirse vivo desde hace un tiempo; desde que, justamente, perdió la vida.
Súbitamente la imagen de un fantasma entrando por la puerta de atrás le llega a su cabeza, y pese a saber que alas no le faltan para echarse a volar en cualquier momento, siente un frÃo en la espalda que contrasta con esa preparación ardiendo desde el instante en que el vaso se inclina sobre su boca.
Su cuello todavÃa puede sentir las manos suaves exprimiéndolo, la vida corriendo agitada hacia la salida y llegando en tiempo récord a la meta. No sabe si es el whisky que está haciendo efecto (si es que), pero en el vaso húmedo puede ver claramente cómo el espectro que entra por la puerta es la misma persona que lo mató.
Sin darse vuelta ni alarmarse, se termina lo que queda en el vaso y cerrando los ojos mira al cielo. En su cara hay una sonrisa de satisfacción un poco desviada a la izquierda, y un suspiro se le escapa al borde de convertirse en un gemido.
“Este no es lugar para dos fantasmas” cree escuchar, o decir. Y las manos en su cuello, esta vez, no hacen nada.
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Publicado el Miércoles 26 de enero del 2011 a las 11:10 pm por
MatÃas
Categorías:
General
Lleno de angustias mi aburrimiento. Me levanto con el pie derecho para aterrizar en la mala suerte de los que no creemos en supersticiones. Despliego mis alas sólo para descubrir que no tengo alas, y que la sangre del mosquito en la pared blanca ex-inmaculada todavÃa no se borra. Cambio de canal, subo el volumen, ajusto el contraste, me meto en el infinito espejo de una cámara filmando a un hombre viendo televisión siendo filmado por una cámara conectada al televisor. Abro una lata de frijoles y me pregunto “¿En serio? ¿Frijoles?”. Saco fotos para el anuario de mi conciencia. Abro un archivo en blanco y dejo que las manos separadas del cerebro hagan el trabajo. Pongo el cd más rayado que tengo para que mis orejas se inspiren y hagan ruido. Caigo en errores de gramática sin salvavidas. Soy autoreferente para no olvidarme que escribo ficción pero que soy yo el que escribe. Uso paréntesis porque no quiero que quede nada sin aclarar. Le pongo pausa a mi vida de vez en cuando pero es difÃcil ver la imagen sin lluvia. No corro para no despertar sospechas. No duermo para no confirmarlas. EspÃo a la gente que viaja en micros de larga distancia al amanecer. Hago soundtracks en mi cabeza de esos viajes. Corto la cinta de inauguración de mi cabeza, donde no hay moño ni alfombra roja. Perdón señores espectadores, no hay mucho que ver. Me admiro por ser tan ignorante en todo, y pienso que en esa ignorancia quizás se encuentran todas las cosas maravillosas que nunca veré. Repito la misma tarareada en las mismas situaciones, y hago air drum con mis piernas. Me sensibilizo ante la soportable tarea de ser yo mismo. Usualmente me quejo más de lo que deberÃa, de vez en cuando vivo menos de lo que podrÃa. Sé quién soy y adónde me gustarÃa ir. No sé cómo hacerlo generalmente. Soy autodestructivo frente al espejo. Destruyo razones disparando argumentos, para después levantar ladrillos quemados del suelo. Odio los finales abi
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